Despiertas sin ruido. Antes que la alarma. Tu única urgencia es usar el sanitario. El clima es propicio para el café, pero estás instalado en lo saludable y empiezas a preparar el jugo verde. Hasta entonces te acuerdas de Alexa, la saludas y le solicitas un playlist “para despertar de buenas”. Alexa no sabe qué es eso, pero entiende que Edith Marques y Jenny Rivera son opciones que no saltas, ni descartas. Y así, mientras refuerzas tu flora intestinal, piensas en que de nuevo despertaste solo(a).
Algunas personas que son cercanas podrán recitar ese memorable enunciado que dice “estás solo(a) porque quieres”. Y en parte lleva razón, y en parte nunca tan lejos de la realidad.
¿Qué nos invita a estar solos? Para algunos esa necesidad de reflexionar, de hacer autocrítica y a otros el aliento que representa dejar de escuchar esas mismas críticas que no llevan ni una pizca de reflexión y peor aún no llevan sentido de la proporción.
Es asfixiante estar entre la multitud sintiéndote segregado, empujado, señalado. Estoy presente pero no estoy concentrado. Y entonces me aíslo. ¡Total! De cualquier forma, no estoy interactuando, sólo estoy siendo útil para realizar un servicio, porque mi presencia no se aprecia, pero mi ausencia sí se nota.
Cuando me detengo un poco a pensar en cómo pienso, me doy cuenta de que el drama está presente. Y no me agrada del todo. Sólo en ciertas ocasiones (como esta) me resulta prudente dramatizar para entender la dimensión de mi emoción. Mis queridos lectores, me disculpo si es demasiado.
La soledad tiene un enorme potencial. Puede hacer muchas cosas, aunque no todas son favorables. Se le han atribuido muchas funciones y adjetivos. Se dice que es “pasajera”, que es “buena consejera”, que es “estrictamente necesaria”, y en ocasiones no se quiere ir, me hunde con sus consejos y así que digas ¡Qué bruto! ¡Qué necesaria es! pues tampoco.
La soledad es como el agua, puede salvar vidas y puede hundir embarcaciones; puede salvar los sembradíos o puede arrasar con ellos. Necesitamos entender nuestra relación con la soledad, ya que siempre va a estar presente y necesitamos llevarnos bien con ella. Establecer la manera en como la escuchamos y cómo nos entiende puede traernos beneficios. Ensalzar todo lo que ella representa nos puede cegar ante la falta de socialización, nos puede invisibilizar dejándonos vulnerables ante desafíos de la vida cotidiana.
Pongamos atención y observemos con detenimiento para entender las estructuras de nuestra toma de decisiones que nos llevan a estar solos en el momento indicado y por el tiempo mínimo necesario. De esa manera nos desintoxicamos de los ruidos emocionales y de las aglomeraciones de pensamientos. Aquí es cuando menos, es más.
Pero hay otros instantes que tiene que ver con el alma. Con el objeto de tu afecto, con tu “peor es nada”. Y llegan a tu cabeza imágenes, sonidos, pensamientos, frases que te indican que estás solo. Y es que estar juntos ya no es “estar juntos”. Somos compañía, no complemento. Somos cercanía, no un vínculo. Somos árboles, ya no un bosque. Compartimos información, aunque ya no haya conexión. Sentirte solo estando a su lado no debe ser nada agradable.
En estos casos la soledad es reflexiva, no deprimente; es un espacio para expandir las imágenes y poner atención a los detalles, no para buscar culpables y flagelarte en silencio; es una oportunidad para la creatividad y no un pretexto para la descalificación; es un instante único para resurgir fortalecido y no un límite para definir el terreno conquistado.
Respira, agradece, sana, perdónate y perdona. La soledad es necesaria, como un mal o como una bendición, pero necesaria. Consigamos lo mejor de estar en presencia de la soledad y llenémonos de energía al saber que nos entiende, nos aconseja y nos fortalece, Deja que el mundo empiece a escuchar tu voz fortalecida, sin el escándalo de la terquedad, ni el bullicio de la soledad.














