Estamos hablando del juicio contra Jesús de Nazaret, no desde la fe sino desde el derecho.
Si ese juicio se revisara hoy, difícilmente pasaría cualquier estándar mínimo.
No es una afirmación nueva, juristas como Ignacio Burgoa lo estudiaron hace años como un caso jurídico y la conclusión es similar.
No fue un juicio sólido.
Fue un proceso que cambió.
Primero aparece un señalamiento religioso, blasfemia, un conflicto interno propio de una comunidad. Pero con eso no alcanzaba para imponer una sanción mayor.
Entonces el caso se transforma.
La acusación deja de ser religiosa y se convierte en política. De pronto ya no se trata de creencias, sino de una supuesta amenaza al orden público. Y ahí, la consecuencia ya era otra.
No cambiaron los hechos, cambió la forma de juzgarlos.
Visto con criterios actuales eso tiene nombre. Incongruencia en la acusación, violación al debido proceso, uso del procedimiento para sostener un resultado.
Se necesitaba una condena y se encontró la forma de justificarla.
Ese es el punto.
No falló el proceso,
el proceso fue utilizado.
Hasta aquí, el análisis jurídico.
Pero hay un elemento adicional que no puede ignorarse.
Cristo, desde la propia fe no solo fue juzgado, fue enviado como inocente.
Y eso cambia la lectura.
Porque entonces no estamos únicamente frente a un proceso irregular, sino frente a la condena de alguien que no debía ser condenado.
El cordero no es una imagen decorativa. Es la representación del inocente al que se le impone una decisión ya tomada.
No es solo una falla del proceso.
Es la condena del que no tenía culpa.
Y eso trasciende cualquier época.
Porque más allá del contexto histórico, la advertencia es vigente.
En el derecho penal mexicano, el debido proceso no es un trámite. Es un límite, cuando ese límite se cruza, no hay forma de reparar completamente el daño.
Casos donde la acusación se ajusta, donde la presión empuja, donde el expediente se arma para sostener una conclusión. No son teoría, existen.
Ahí es donde el derecho se pone a prueba.
No en los discursos,
en la práctica.
Porque cuando el proceso se usa para sostener una condena, el sistema deja de proteger, sirve.
Y cuando el derecho sirve al resultado, deja de servir a la justicia.
El costo es real.
La libertad no se repone.
El tiempo no se devuelve.
Y todo termina en una expresión que suena técnica.
Cosa juzgada.
Ahí se cierra el expediente, aunque la justicia no haya llegado.
No siempre se castiga lo que se prueba, a veces se prueba lo que se quiere castigar.
#QuéCosa!
Agradezco al Dr. Álvaro Luna Pacheco la reflexión que motivó estas líneas.














