Serenidad y paciencia decía Kalimán (El hombre increíble) a su pequeño discípulo Solín. Varios expertos indican que se requiere de un conocimiento pleno de nuestra persona para obtener calma y tomar buenas decisiones. Se requiere de una consciencia de la realidad que nos construye y estar conscientes de la construcción que nosotros hacemos de nuestra realidad. Podemos ver lo mismo, pero sentir diferente. Así que se vuelve muy complejo conocernos a nosotros mismos ya que nuestro sentir busca validación en lugar de buscar alternativas que reten esa sensación.
Por ende, nuestro sistema de toma de decisiones se nutre (o se debilita) con la evaluación de favorable o desfavorable de nuestros resultados. Sin embargo, habrá que considerar algo de vital importancia, nosotros somos responsables de nuestras decisiones (absolutamente) pero no somos responsables de los resultados. Te explico. Es probable que te hayan repetido cualquier cantidad de veces que trates a los demás como te gustaría ser tratado, y bajo esa premisa ayudas a personas cuando su situación no les favorece. Sin embargo, cuando ellos están en posibilidad de asistirte en un tema incluso menor al que tú le ayudaste, no tiene el mínimo asomo de ofrecerte apoyo, consejo y en ocasiones ni atención. Es decir, tú tomaste la decisión de robarle unos minutos al tiempo de tu familia para ayudarle, pero esa persona prefiere voltear hacia otro lado con tal de no brindarte ayuda alguna. Tú tomas una decisión que esperas sea una acción recíproca, pero la indiferencia de las personas no es ni culpa ni responsabilidad tuyas.
Un elemento importantísimo para tomar decisiones es el miedo, el cual se entiende como la interpretación de la brecha entre los recursos disponibles y la magnitud de la amenaza presente. Podemos tenerle miedo al rechazo, porque sentimos que no somos suficientes para el empleo, la pareja, la familia, la escuela, etc. Eson nos indica que nuestros recursos no serán suficiente para satisfacer los estándares de algunos que conforman nuestro foco de interés. Podemos tener miedo a quedarnos solos porque sentimos que eso significaría que nuestros recursos nunca fueron suficientes para agradar a determinadas personas. Podemos tener miedo a lo desconocido porque sentimos que la amenaza es tal que pudiera desestabilizar nuestro ego, evidenciar ciertas incapacidades, desvelar nuestra vulnerabilidad, exhibir nuestro grado de incompetencia, etc.
Para aquellos quienes disfrutamos de Madaleno y el Club del hogar, el miedo es pragmático y económico. Las situaciones de riesgo en el entorno social, las entendemos como una amenaza que puede hacernos perder patrimonio, salud y lo que con tanto sacrificio hemos construido. Incluso el estatus social que ha consumido tiempo precioso en el diseño y consolidación de las redes de apoyo mutuo. Empezamos a tener desconfianza en quienes se supone deberían proteger nuestra integridad, nuestras finanzas o nuestro dominio. El miedo nos coloca en una incertidumbre existencial.
Para los seguidores de Carol G, Enjambre y BTS el miedo podría significar su motor de identidad ya que se manifiesta de manera reactiva y su conducta se mueve hacia la radicalización. El miedo a no pertenecer, a no encajar, a ser excluido, a no contar con oportunidades, se traduce en enfado, en desazón, en nihilismo, y eso puede conducir fácilmente hacia el terreno del orden simulado, del radicalismo y de ideologías extremistas. Estos últimos escenarios provocan resentimiento en las juventudes sedientas de pertenencia y reconocimiento.
Para los dichosos en la inmadurez y dependencia parental, las crisis de salud o de inseguridad representan una amenaza a la proveeduría de protección y cobijo, es decir sus padres, cuidadores o tutores. Si el niño percibe un contexto hostil donde hay más prohibiciones y reglas que espacios para la exploración, deja de utilizar la curiosidad, entiende que tomar ventaja del otro es normal y hasta correcto porque salvaguardar su entorno es más valiosos que desarrollar su empatía. De no recuperar esos espacios donde la expansión de la mente encuentre su medio de cultivo, tendremos una generación que verá la violencia y el aislamiento como la norma y no como la excepción.
Cuando se distorsiona la percepción de eficacia colectiva (referida a si los jóvenes perciben que sus vecinos y autoridades tienen la intención de mejorar su entorno), el miedo muta a algo llamado anomía (desprecio por las normas sociales) lo cual puede llevarlo fácilmente a la hipervigilancia o a la temeridad.
Tomemos la cosas con calma pero sin dejar de ser cuidadosos. Seamos pacientes, pero no desinteresados; seamos atentos, pero no paranoicos; seamos participes, pero no imprudentes; seamos críticos, pero no radicales. Recordemos que el miedo tiene muchas caras y muchos vehículos, y aunque hoy sabemos que el miedo no andaba en burro, sepamos hoy también que el miedo no anda en ruta.














