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Enero no es un comienzo


#QuéCosa
Por Rafael Pérez Habib | 15 Enero, 2026 | 08:17 h
Opinión
Enero no es un comienzo

Enero siempre llega con una promesa o para ser más precisos con la expectativa de una. Es el mes al que se le exige ordenar lo que el año anterior no resolvió. Agenda limpia, calendario nuevo, discursos de reinicio como si bastara cambiar la hoja para cambiar la inercia.
En enero se hacen listas y se formulan propósitos. Se anuncian decisiones profundas con la misma ligereza con la que se brindó unas horas antes. Dormir mejor, comer mejor, vivir mejor, ser mejor. La idea persiste que la voluntad alcanza, que el calendario ayuda. Que el tiempo, por sí solo acomoda las cosas.
Pero enero no suele confirmar esa narrativa, al contrario. Es el mes en el que cae el telón del ruido. Se terminan las fiestas, se apagan las distracciones y queda lo que estaba antes, las cuentas, los pendientes, las realidades que no pidieron permiso para cruzar de año.
Enero también es un mes incómodo porque enfrenta dos fuerzas opuestas. Por un lado, la aspiración; por el otro, la memoria. Se quiere avanzar, pero se arrastra lo vivido. Se piensa en lo que viene pero pesan las ausencias, los errores, las comparaciones y las deudas, no solo económicas, también personales. Por eso el ánimo no siempre acompaña al discurso del entusiasmo obligatorio.
De esto se habla poco; se espera optimismo, actitud positiva y determinación, pero no todos empiezan enero desde el mismo lugar. Hay quien arranca con proyectos y quien apenas alcanza a sostener el día a día. Hay quien planea viajes y quien calcula cómo llegar a fin de mes. Hay quien presume metas y quien solo necesita un poco de tregua.
Enero exhibe algo que incomoda, la desigualdad de los comienzos. El calendario es el mismo para todos, pero el punto de partida no, y aun así se exige rendimiento emocional, disciplina y ganas como si fueran universales y suficientes.
Conforme avanzan las semanas los propósitos pierden peso. Algunos desaparecen, otros se posponen, no siempre por falta de carácter, sino porque la vida se impone. Porque cambiar cuesta, porque sostener cuesta más. Porque no todo se resuelve con frases bienintencionadas ni con voluntad declarada.
Tal vez habría que decirlo con más honestidad: empezar no siempre es avanzar. A veces es resistir, a veces es aceptar el paso corto, a veces es simplemente no rendirse cuando el entusiasmo se acaba y nadie está mirando.
Enero también sirve para eso. Para entender que no todos los comienzos son luminosos, que existen inicios silenciosos, sobrios, incluso melancólicos, pero no por ello menos valiosos. Hay años que no arrancan con fuerza, sino con paciencia. Y eso también cuenta.
Al final, no se trata de cuántos propósitos se anuncian en enero, sino de cuántas decisiones reales se sostienen cuando el calendario deja de importar. Ahí es donde empieza lo verdadero.
Lo demás es calendario.
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