En la entrega anterior, comentamos la necesidad que tiene un partido político de izquierda de construir una estructura territorial que le permita organizar a quienes simpatizan con un proyecto colectivo, dirigido a diversos sectores de la sociedad que ven en Morena una verdadera alternativa para mejorar las condiciones de vida de la población en general.
Sin embargo, parafraseando a Jesús Reyes Heroles: en política, la forma es fondo. Por eso, se vuelve necesario reflexionar sobre la forma que pretende generar una estructura territorial en la actualidad, porque se evidencia que ésta se sigue pensando en función de intereses meramente electorales.
Esta metodología se ha utilizado casi siempre que se pretende extender una estructura territorial; así se diseñó desde los tiempos remotos del PRD. Fue en el año 2014, cuando se le otorga el registro como partido político a Morena; en ese tiempo, se intensificó una campaña de afiliación masiva para engrosar las filas del partido, pues se tenía la idea de que, el que afiliara más, se haría acreedor a una candidatura, debido a su capacidad para convencer ciudadanos a sumarse al partido. En una segunda etapa, se planteó construir comités seccionales para organizar a los afiliados y que estas estructuras fueran la base social de Morena que impulsarían el proyecto al 2018. También se dijo que, quien más comités aportara, podría llegar a obtener alguna candidatura. Y esa historia se repite hasta el día de hoy.
La realidad es que, cada vez que se propone un ejercicio para construir una estructura, se plantea algo similar, como si el proceso de aprendizaje no permeara en nadie. Este tipo de ejercicio, más que unir, provoca división, pues se hace en función de un interés particular que deriva en simulación y termina siendo un ejercicio nimio, como todos los que precedieron al actual.
Por ello, es necesario que se construya sobre un esquema diferente y alejado de intereses meramente electorales. Si se trabaja desde una perspectiva de organización social, el resultado será mucho más eficiente, en términos de lo que se debería pretender que una estructura territorial aporte. Por supuesto que es necesario atender el tema electoral, en los momentos que se requiera, pero no debe ser el elemento prioritario porque desvirtúa el fondo del objetivo.
Así pues, es necesario reflexionar sobre la necesidad de ser una alternativa real y sobre todo viable para el ciudadano que requiere ser integrado a un proyecto que realmente representa sus intereses, más allá de ambiciones personales o de saciar egos alejados del interés colectivo, que debe prevalecer en un partido político. Morena representa la esperanza de millones de ciudadanos que necesitan ser escuchados, atendidos e integrados, pero eso solo será posible en la medida que se priorice el interés social sobre el interés electoral, porque este último es coyuntural.
No puedo dejar de mencionar que el incidente ocurrido en la comisión permanente del Congreso de la Union es sintomático de lo que está ocurriendo en el país y la pugna entre dos proyectos distintos y antagónicos, remarcados en ese acontecimiento. La agresión asestada al senador Fernández Noroña por parte del senador Alejandro Moreno, mejor conocido como “Alito”, refleja cómo actúa el fascismo cuando se siente acorralado. La agresividad y el festejo posterior a la agresión dejan al desnudo la manera de ser de un sector de la clase política en el país; PRI y PAN son similares y se juntan cuando sienten que pierden sus cotos de poder, que les representan pérdidas económicas, porque no pueden seguir saqueando las arcas del país. Por ello, los ciudadanos tienen claro que regresarlos al poder significa violentar al país, porque el autoritarismo y la agresión son una característica intrínseca de la derecha en México y en el mundo.
Representan lo más retrógrado en el país, así que no deben regresar jamás a gobernar, deben formar parte del basurero de la historia.














