Cada uno de nosotros es su propio agente de ventas. Somos nuestros propios representantes y vendemos ya sea nuestras habilidades, nuestro tiempo, nuestro espacio, a través de trueques, contratos, acuerdos e intercambios. En cada una de esas transacciones, habrá que establecer un valor determinado, una especie de tipo de cambio. Según Vicente Fernández en su famoso tema “La ley de la vida” decía que “Uno vale según lo que tiene, por desgracia es la ley de la vida, te regalan si cuentas convienen, traes caballo y te ofrecen la silla, para hacerte el favor que requieres, van primero y te toman medida” Pareciera sólo una canción bravía, provocadora, que habla de traiciones y deseos no muy sanos para la expareja, pero inicia con pedazo enorme de verdad. Entre los individuos como entre las naciones, no hay amistades, sólo intereses. Estaré compartiendo mi amistad contigo, mientras comulguemos con los mismos intereses. Las amistades se acaban por la distancia física, la distancia operacional o la distancia ideológica.
La apreciación es un elemento altamente determinante para asignar valores. Y hablamos de apreciación moral, estética, funcional, simbólica y otras tantas más que han sufrido una mutación importante porque conservan ciertos rasgos de identificación, como el nombre o el número, pero han dejado bastante atrás su esencia y su propósito. Recordemos, por ejemplo, las olimpiadas. Carlos Girón en 1980 tuvo una muy controversial calificación en su desempeño como clavadista. La apreciación de ciertos jueces le impidieron ganar la máxima presea, y muchos especialistas opinaron sobre el destacado performance del atleta, y el desprecio del jurado ante tal muestra de talento. Hoy en el béisbol de las grandes ligas se pueden hacer reclamos sobre decisiones de los árbitros, solicitando una revisión de la repetición para esclarecer la decisión de la jugada, pero hace apenas quince años, esa opción no estaba disponible. En 2010 el umpire Jim Joyce, gritó un safe en primera, cuando a todas luces era un out. Ese out representaba el juego perfecto del lanzador venezolano Armando Galarraga, quien en aquel entonces portaba la franela de los Tigres de Detroit. Pero los reclamos no incluían la opción de revisar la repetición, la cual TODO mundo estaba viendo en las pantallas gigantes.
En la música siempre hemos tenido el género popular (POP) y música de mayor calidad. Sin embargo, en los últimos años hemos elevado a categoría de ídolos a personalidades que distan mucho de tener un talento destacado, ya sea voz, expresión corporal, desempeño histriónico o construcción literaria. En esa línea podemos encontrar letras sin sentido, sin rima, sin estructura, sin un mensaje universal, sólo dedicado al sector juvenil con movimiento hormonal en riesgo; también ritmos construidos por un especialista en software en lugar de músicos experimentados; nos encontramos voces mecanizadas, aterciopeladas de manera artificial, estiradas para alcanzar la nota, aunque su timbre suene metalizado; hemos encontrado personas que no bailan ni por accidente, arrítmicos, incapaces de montar una coreografía decente, con dos pies izquierdos que al igual que dos amantes, luchan entre sí por no encontrarse; cantantes que al hacer su análisis de personaje sólo contaron con el ejemplo de Pimpinela o de Amanda Miguel, todo lo cantan con drama, o todo lo cantan apretando los puños e hincados en el escenario, cuando la letra habla de un paseo por el caribe. Pero los hemos hecho ídolos porque tienen muchos seguidores en las redes sociales, porque han tenido el mayor número de reproducciones en las plataformas de música en streaming, y un número enorme de repeticiones, NO significa calidad, sólo popularidad.
¿Cuál es entonces la moneda de cambio? Supongamos que fuera la voz privilegiada. Teníamos a voces con técnicas impresionantes, las cuales eran muy difíciles de emular y eso les daba más valor, entre más difícil fuera imitarlos, más se apreciaba su inalcanzable talento. Eran una garantía en la taquilla porque tu oído se deleitaría con esa muestra única de aptitud. Pero llegaron “cantantes” que su vestimenta o su construcción muscular o sus encantos femeninos mostrados con el mínimo pudor, resultaron superar la calidad vocal y llenaron las marquesinas desplazando la habilidad por la imagen.
En la escuela apreciamos y alabamos al profesor o profesora que tiene a nuestros hijos contentos, con buenas calificaciones, quien les da las respuestas de los exámenes o incluso ni exámenes les deja. Ya no se valora el profesor retador o al profesor exigente que es inflexible con las fechas de entrega e imparcial en las evaluaciones. La moneda de cambio llamada disciplina con la cual se adquirían robustas voluntades, ahora tiene ningún valor ante el favoritismo cultural y el desprecio por el mérito.
La visibilidad de los especialistas, ya no se hace con demostraciones o sesgos de confianza derivados de sólidas recomendaciones. Ahora se visualiza a través de sus redes sociales. Quien más contenido publique, tiene mayores probabilidades de éxito, sea insuficiente, subestandard o mediocre. Aquí lo importante es que tiene muchos seguidores y al contratarlo puede “salpicarme” en sus redes sabiendo que trabajó para mí. ¡¡Hazme el favron cabor!!
Seamos un poco más críticos en nuestras asignaciones de aprecio y valor. Si los tipos de cambio que eran valiosos para nosotros hoy son impopulares, no significa que dejen de ser valiosos. Si el tipo que voy a contratar tiene un dudoso tipo de cambio, entonces cambio de tipo.














