Hace un par de días, en una conversación con personalidades del mundo de la educación, me llamó poderosamente la atención la forma en que el mercado laboral está reclutando a los empleados para los diferentes puestos de trabajo. Y para ponerlos en contexto quiero poner el siguiente ejemplo. Imagina que una persona ha sido acusada de un delito que, según dice, no ha cometido. ¿A quién pondríamos a defenderlo? ¿Al abogado articulado que prepara sus casos con diligencia? ¿O al abogado que más seguidores tiene en las redes sociales? Parece una pregunta absurda, porque no estamos sentando nuestro cuadro comparativo con argumentos similares. Sin embargo, hoy día es relevante saber cuantos seguidores tienes porque la opinión pública apoyará tu desempeño, sea apropiado o no, sea válido o no, sea justo o no. Y eso mis queridos lectores ahora es capitalizable, a través de las opiniones favorables o los “likes” conseguidos, podemos adherirnos a esas posturas ideológicas, más por una cuestión de pertenencia social, que por una cuestión de análisis crítico con argumentos sólidos. Las opiniones en su carácter popular, si son abundantes, resultan de mayor peso que las razones, aun y cuando estas últimas sean imparciales.
Regresando al punto de partida, decía que en el pasado, para ser contratado, se valoraba la carta de vida, el Curriculum vitae y obviamente una serie de diplomas o constancias que acreditaban tu experiencia. Se le asignaba un valor a las competencias adquiridas y que estuvieran debidamente documentadas con instituciones de renombre e incluso avaladas por dependencias del estado como la secretaría del trabajo o la de educación. Una modalidad fue surgiendo y era tu portafolio de evidencias, se volvió valioso porque mostraba un espacio virtual donde se encontraban documentos, fotografías y videos que evidenciaban las competencias que presumía tu CV. Algo que se puso de moda fue “Googlear a la persona”. ¡Si! Te buscan en la red con tu nombre y valoraban en cuantos líos te has metido o de cuantos te has librado. Surgió la investigación digital con permisos y accesos a tus redes para saber que tipo de contenido sigues, o que tipo de contenido has publicado. Hubo algunas personas que fueron desestimadas después de ver el perfil de conducta que revelaban las redes. Pero lo que realmente me sorprendió, fue que las empresas de tecnología podían hacer la investigación, ver tus bailes prohibidos, ver tus aficiones a sustancias de dudosa procedencia, ver tus desinhibiciones bajo efectos del dios Baco, y aún así contratarte. ¿Por qué? ¿Qué encontraron de valor en ti después de conocer tus sesgos más oscuros con sobrada evidencia multimedia? ¡Acertaste! Podían contratarte siempre y cuando tuvieras un número MUY importante de seguidores. ¡Eso se volvió más valioso que tus habilidades! Te van a solicitar que elimines de tus redes sociales ciertas opiniones, fotos, comentarios, aficiones y videos, para que quede “limpio” tu registro, pero eres bienvenido ya que ese número de seguidores nos resultan muy atractivos e inmensamente valiosos.
La planta de ornato en polietileno de baja densidad (LDPE), superó a la enredadera natural que brindaba color y ofrecía perspectiva. Nos rebasó la simulación. Antes mentir era muy penado. Ahora es valorado, ya que si mientes con estilo y logras llamar la atención de más personas, se te perdonarán tus farsas y se agradecerá que tus falsedades sean tan populares.
Stepehn Covey solía decir que para conocer el valor de un mes, había que preguntarle a una mamá que tuvo un hijo prematuro; para conocer el valor de un minuto, preguntarás a alguien quien perdió su vuelo; para conocer el valor de una centésima de segundo, preguntarás al segundo lugar en los cien metros planos. Pero nunca imaginé que algo que hasta hace unos quince años parecía inofensivo y hasta trivial, fuera a tener el peso para desplazar a otro tipo de relaciones de valor.
Somos multitudes moviéndonos en la dirección de la conveniencia, hacia un destino poco conocido que dibuja un paisaje en color sepia, y armoniza su desplazamiento en función de lo que es notorio, sea o no correcto, apropiado o pertinente.
Delegamos la formación de nuestras juventudes a procedimientos ancestrales como exámenes de opción múltiple, tal vez para dar “oportunidad”, tal vez para hacerles sentir esa ficticia sensación de elegir. Les hacemos creer que tienen opciones. Ellos están aprendiendo a utilizar la inteligencia artificial por su valor instrumental, y se jactan de haber salido adelante en las escuelas aún y cuando ellos mismos saben que no han aprendido mas que a mentir y negar la verdad con cinismo, sin culpas, sin remordimientos, pero con un valioso número en su boleta de calificaciones.
Valoramos la farsa, porque es divertida; valoramos la inmediatez, porque no es aburrida; valoramos la novedad, porque es terapéutica. Pero a la luz de los resultados en la mejora de una sociedad colaborativa y compasiva, aprendí que, valorar, no siempre es valioso.














