Treinta y cuatro horas.
Eso duró el regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa después de 112 días de licencia.
Suficiente para volver al despacho. Insuficiente para recuperar el lugar político que había dejado.
Rocha regresó porque legalmente podía hacerlo. El problema apareció cuando la política comenzó a contestarle.
Ricardo Monreal recomendó prudencia. Gerardo Fernández Noroña salió en su defensa. En las calles hubo rechazo y se preparaban movilizaciones para exigir nuevamente su salida.
Y desde Palacio Nacional llegó la señal definitiva.
La presidenta Claudia Sheinbaum dijo que “el regreso no le parecía pertinente”.
No conocemos las llamadas ni las conversaciones privadas. Sería irresponsable inventarlas y, además, resultan innecesarias.
En política, cuando hay que explicar demasiado quién manda, probablemente alguien no está mandando.
Lo ocurrido en Sinaloa dejó al descubierto algo más interesante que el destino de un gobernador. Durante mucho tiempo se discutió cuánto tardaría Sheinbaum en construir autoridad propia dentro del movimiento que heredó. Quizá buscábamos grandes gestos cuando el poder suele expresarse de maneras bastante más discretas.
No hubo expulsiones, amenazas públicas ni golpes sobre la mesa.
Hubo una señal.
Y fue entendida.
Monreal pareció leer antes el momento. Noroña decidió discutirlo. Cada uno hizo política desde su posición.
Pero el episodio dejó también otra fotografía.
Rocha había gobernado durante años rodeado, como prácticamente todos los gobernantes, de aliados, colaboradores, amigos y personajes felices de presumir cercanía.
Cuando las circunstancias cambian, también cambia el álbum.
La política tiene una extraordinaria capacidad para editar fotografías. Quien ayer presumía cercanía mañana puede explicar que apenas conocía al personaje. Y las redes sociales hicieron todavía más sencillo un hábito muy antiguo.
Antes se negaba al amigo.
Ahora también se borra la foto.
No siempre se trata de traición. Alrededor del poder conviven amistades verdaderas con contratos, aspiraciones, negocios, cargos y beneficios personales.
El interés también sabe ser muy cariñoso.
Por eso quien gobierna debería desconfiar un poco de una realidad en la que todos coinciden con él. Especialmente cuando buena parte de quienes coinciden dependen de su firma.
Hay otra lección menos cómoda.
Gobernar inevitablemente produce adversarios. Decidir significa afectar intereses y nadie debería aspirar a ejercer el poder sin asumir ese costo.
Pero una cosa es ganar adversarios por las decisiones que se toman.
Otra es fabricar enemigos por la manera en que se trata a las personas.
Hay funcionarios que utilizan el cargo para construir relaciones. Otros lo utilizan para cobrar agravios, cerrar puertas o disfrutar el pequeño placer de demostrar quién manda.
Curiosa inversión.
El puesto termina. El agravio no necesariamente.
Tal vez ésa sea la verdadera inteligencia que exige el poder. Saber escuchar cuando todos aplauden, distinguir al amigo del beneficiario, tratar con respeto a quien no puede ofrecernos nada y entender las señales antes de que alguien tenga que explicarlas.
Maquiavelo enseñó al príncipe cómo conservar el poder.
La política sigue enseñando algo que quizá sea más difícil.
Cómo reconocer cuando ya cambió de manos.
#QuéCosa!









