La lucha por el reconocimiento de los derechos humanos elementales en México es histórica y, en la etapa reciente, la izquierda mexicana ha jugado un papel fundamental para que este reconocimiento se materialice. La lucha social encontró cauce en la ruta electoral a partir de la creación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y comenzó con el triunfo en la capital del país, en 1997, que desde entonces ha sido gobernada de manera ininterrumpida por la izquierda.
Fue a partir del fraude de 1988 que se inició un proceso de organización de diversas fuerzas de izquierda para entrar de lleno a la lucha electoral y dar la batalla de frente al anquilosado y corrupto Partido Revolucionario Institucional (PRI), que era el partido hegemónico. Esta organización fue encabezada por algunos líderes del ala democrática del PRI, quienes decidieron romper con el partido y participar en la elección presidencial en 1988, en un frente denominado “Frente Democrático Nacional” (FDN).
El FDN logró articular a distintas fuerzas políticas y organizaciones sociales de izquierda y se convirtió en el antecedente inmediato de lo que sería, a la postre, el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Con el paso de los años, y debido a los intereses y las ambiciones de grupos internos, el PRD fue perdiendo parte de su identidad y cohesión originales, lo que derivó en una profunda ruptura interna y en la necesidad de construir un nuevo referente de izquierda, encabezado por Andrés Manuel López Obrador. Así nace el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) como un movimiento de izquierda que daba continuidad a la lucha iniciada por el otrora PRD algunos años atrás.
El registro oficial de Morena como partido político ocurrió en 2014 y su primera participación electoral tuvo lugar un año después, es decir, en 2015. En 2018, Morena gana la Presidencia de la República, lo que representó un momento histórico para la izquierda electoral mexicana y un cambio en la vida del país.
Para alcanzar ese triunfo, Morena tomó la decisión de construir alianzas políticas con diversos actores políticos inmersos en el régimen que se estaba combatiendo, es decir, personajes que fueron impulsores de la política neoliberal que tanto daño hizo al país. Así aparecieron personajes del PRI y del PAN, nombres como Lili Téllez, Germán Martínez, Alfonso Durazo y Layda Sansores, entre muchos otros, quienes se integraron a Morena para ocupar algún cargo público.
Muchos de quienes se sumaron a Morena en aquel momento terminaron regresando, por fortuna, a sus posiciones e ideologías de origen. Sin embargo, la mayoría permanece todavía dentro del partido, a pesar de que su ideología es completamente opuesta a los principios de origen de Morena y su compromiso es diferente a la lucha social de la izquierda en México.
Es por ello que la batalla no termina con asumir el poder. Por el contrario, comienza una nueva etapa en la que también es necesario preservar los principios que dieron origen al movimiento y hacer a un lado a quienes, por oportunismo o ambición personal, se han enquistado en Morena con el único propósito de ocupar cargos públicos y mantener, desde ellos, privilegios personales. Y lo más grave es que algunos de estos personajes están ocupando cargos de dirección, dificultando la consolidación del proyecto de transformación. Porque para ellos el objetivo es contrario al de la lucha histórica de la izquierda.
Morena aún no ha logrado construir una base social firme y sólida que permita consolidar la lucha por los derechos elementales de una sociedad. Por ello, han direccionado el objetivo de Morena para temas meramente electoreros y han olvidado la organización territorial-comunitaria como eje de desarrollo colectivo en el país. Se han relegado también tareas fundamentales como la construcción de una democracia verdaderamente participativa, y no solamente electoral; la formación de nuevas generaciones de dirigentes sociales y políticos; y la necesidad de evitar que las estructuras burocráticas terminen sustituyendo al movimiento social. De igual manera, deberían ocupar un lugar central el combate a la corrupción y a la impunidad, sin importar quién las practique. Hay una serie de condiciones que debieran estar en la palestra, pero con la invasión que sufre Morena será cada vez más difícil lograrlo.
El enemigo está identificado; el reto es tener la capacidad política y organizativa para generar las condiciones que permitan desplazar esas prácticas y a quienes las representan, en beneficio del proyecto transformador y de la sociedad en su conjunto. Se trata de recuperar el rumbo y consolidar un proyecto que tenga como eje la organización del pueblo, la participación social y la defensa de los derechos fundamentales. Sólo así será posible dar un nuevo cauce a la historia de México y hacer de la transformación no únicamente un proyecto de gobierno, sino un proceso profundo de cambio social, construido desde abajo y con la participación activa de la sociedad.









