"Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo." -Abraham Lincoln
Había en un pueblo mediano, ni grande ni chico, un hombre muy querido al que todos llamaban el Güero. Tenía una sonrisa amplia, apretón de mano firme, memoria prodigiosa para los nombres de pila y un dominio envidiable del arte de llegar puntual a las fiestas de quince años.
Un día, el médico del pueblo murió.
El Güero se presentó al día siguiente con su maletín. Nadie preguntó si había estudiado medicina. Era el Güero. ¿Quién iba a dudar del Güero?
La primera semana atendió un catarro. Todo bien. La segunda semana, una fractura de muñeca. Ahí empezaron las dudas, aunque nadie las dijo en voz alta porque el Güero era compadre del presidente del comisariado.
A la tercera semana llegó un caso de apendicitis.
El Güero operó con seguridad admirable. Con una seguridad que sólo pueden tener quienes no saben lo que no saben.
El enfermo murió, pero nadie supo exactamente por qué. El propio Güero tampoco.
Lo notable no fue que el Güero operara sin saber. Lo notable fue lo otro: que en aquel pueblo había dos médicos titulados, un enfermero con veinte años de experiencia y una partera que había estudiado en Guadalajara. Ninguno de ellos tenía la sonrisa correcta ni al compadre correcto. Ninguno de ellos fue llamado.
La comunidad siguió queriéndolo. El Güero siguió sonriendo. Los enfermos siguieron llegando. Hay pueblos que tienen la extraña costumbre de resolver sus problemas de salud con criterios de simpatía. Con el tiempo, esos pueblos no se preguntan por qué tienen tantos enfermos. Se preguntan, en cambio, si el Güero podría atender también los partos.
La respuesta, naturalmente, es que sí. Siempre es que sí.









