El prejuicio construye categorías que dividen a las personas entre quienes encajan en un modelo considerado aceptable y quienes quedan fuera de él, por lo tanto representa una forma de violencia porque altera la manera en que una persona es percibida antes de que sus acciones, capacidades o decisiones puedan hablar por ella, a partir de ese momento, la relación entre las personas deja de basarse en el conocimiento mutuo y comienza a depender de expectativas construidas por la cultura o las creencias compartidas.
Cada juicio anticipado influye en la manera de escuchar y de interpretar las palabras, orienta decisiones relacionadas con el empleo, la educación, la atención médica, la impartición de justicia etc. A partir de ello surgen actos de discriminación.
Esta realidad nos hace plantear si es posible que una sociedad sea igualitaria mientras conserva prejuicios profundamente arraigados, la respuesta trasciende el ámbito jurídico, pues pese a que la constitución y los tratados internacionales reconocen el derecho a la igualdad y a la no discriminación como principios fundamentales, en la convivencia diaria, las ideas dependen a partir de lo que cada comunidad construye acerca de la dignidad de las personas.
El prejuicio rara vez se presenta con expresiones abiertas de hostilidad, con frecuencia adopta formas sutiles que circulan en conversaciones familiares, bromas, o explicaciones aparentemente inocentes sobre determinadas personas o grupos sociales.
A partir de ello las consecuencias alcanzan una dimensión aún mayor cuando esos prejuicios alimentan discursos que presentan a determinados grupos como una amenaza para la sociedad o la moral. En ese momento, la diferencia deja de percibirse como una característica propia de la diversidad humana y comienza a interpretarse como un riesgo colectivo, es aquí en donde se justifica la exclusión y discriminación abriendo paso a decisiones que restringen derechos y limitan oportunidades.









