Simone de Beauvoir decía que “Basta una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados.” Y pese a que esta frase fue pronunciada hace varias décadas, pareciera que estaba describiendo lo que, en pleno siglo XXI, estamos viviendo alrededor del mundo y, particularmente, hace apenas unos días en Texas, Estados Unidos.
Y es que hace unos días leía en el portal Le Monde sobre una cumbre de mujeres conservadoras (del movimiento Tradewife), en donde algunas de las asistentes afirmaban que renunciarían al voto femenino en nombre de una visión tradicional de la familia. Lo inquietante no era la descripción estética ni la reivindicación del hogar, sino la naturalidad con la que un derecho tan fundamental como el voto podía volverse prescindible para ellas.
Confieso que esto me estremeció.
No porque exista una única forma de validar el ser mujer, sino porque ser ama de casa o dedicarse al cuidado del hogar no representa una derrota para el feminismo. Por el contrario, representa uno de los símbolos más importantes de nuestra lucha, porque el feminismo busca que las mujeres decidan libremente qué quieren hacer con su vida y que esa decisión nunca les sea impuesta.
El problema surge cuando esa elección deja de presentarse como una opción y comienza a convertirse en un modelo. Cuando se sugiere que estudiar, trabajar o participar en la vida pública resta valor a una mujer o la hace menos femenina.
En la oratoria existe un recurso discursivo conocido como tópico de clivaje, que consiste en apelar a un pasado idealizado para convencer al público de que hubo un tiempo mejor que el presente. Sin embargo, cuando ese supuesto pasado se observa desde la historia de las mujeres, la realidad desmiente el discurso.
Durante siglos, las mujeres fueron excluidas de la educación, de la vida pública y de la toma de decisiones. Mary Wollstonecraft denunció desde el siglo XVIII que las mujeres eran tratadas como seres inferiores al negarles el acceso a la educación y a la ciudadanía plena. Décadas más tarde, las sufragistas enfrentaron marchas, prisión y el desprecio de una sociedad que consideraba inadmisible que una mujer pudiera votar. En México, el sufragio femenino fue reconocido constitucionalmente en 1953 y las mujeres ejercieron ese derecho por primera vez en una elección federal en 1955. No fue un regalo; fue una conquista.
Quizá por eso hoy algunas personas pueden darse el lujo de despreciar un derecho tan importante como el voto. Porque nacieron con él, porque nunca conocieron su ausencia. Porque es mucho más fácil renunciar a un derecho cuando jamás se ha tenido que luchar por conseguirlo.
Este debate no ocurre de manera aislada; se da en el contexto de una cumbre de empoderamiento femenino y, más aún, dentro de un escenario de profunda polarización política como el que hoy vive Estados Unidos. Es ahí donde resurgen narrativas que buscan redefinir el lugar de las mujeres dentro de la sociedad. Las ideas nunca son neutrales; responden a intereses y, muchas veces, a proyectos políticos específicos.
Y es que cuando una ideología presenta la renuncia a un derecho como una virtud, deja de ser una postura personal para convertirse en un riesgo colectivo.
Los derechos rara vez desaparecen de golpe. Primero dejan de defenderse; después dejan de valorarse; y finalmente, la sociedad comienza a preguntarse si realmente siguen siendo necesarios.
Y no me malinterpreten. En este espacio no me interesa juzgar las decisiones personales de ninguna mujer; me interesa cuestionar: ¿qué ocurre cuando una decisión individual comienza a convertirse en un proyecto político?
El feminismo no obliga a ninguna mujer a ser líder, empresaria o económicamente independiente; mucho menos nos obliga a participar en política, pero tampoco obliga a ser madre ni ama de casa. Ser feminista no significa, necesariamente, ser activista. El feminismo busca algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más poderoso: que cada mujer, desde su individualidad y desde su calidad humana, tenga la libertad de elegir.
Por eso me pareció importante ocupar este espacio para reflexionar sobre lo ocurrido en la cumbre Tradwife. Porque lo verdaderamente indispensable no es decidir cómo debe vivir una mujer, sino preservar aquello que hace posibles todas las opciones: sus derechos.
Y porque los derechos no se heredan para despreciarlos, sino para defenderlos. Porque cada derecho que hoy parece incuestionable fue, en algún momento, una batalla. Y porque cuando una sociedad empieza a normalizar su renuncia, lo que está en juego no es una elección individual, sino el futuro de todas.









