Hoy el mundo vuelve sus ojos hacia México.
Por tercera ocasión en la historia, nuestro país es anfitrión de una Copa Mundial de Futbol. Ninguna otra nación puede presumir semejante antecedente. México será el primero en albergar tres mundiales y el primero en hacerlo dentro de una organización compartida con dos países más: Estados Unidos y Canadá. No es poca cosa.
Desde los estudios internacionalistas, eventos como la Copa Mundial son considerados instrumentos de soft power, una forma de poder que no se ejerce mediante la fuerza ni la coerción, sino a través de la capacidad de proyectar una imagen atractiva ante el mundo. Un mundial es una vitrina global. Una oportunidad para mostrar cultura, infraestructura, identidad, capacidad organizativa y estabilidad. O al menos, eso debería ser.
Porque mientras los reflectores iluminan los estadios, millones de mexicanos continúan viviendo una realidad muy distinta a la que aparecerá en las transmisiones internacionales.
Resulta inevitable preguntarse qué México será el que verán los visitantes.
¿El de las avenidas recién maquilladas para la ocasión? ¿El de las fachadas pintadas y los espacios públicos remozados únicamente en las rutas que recorrerán los turistas? ¿O el México real, el que enfrenta diariamente problemas de infraestructura, inseguridad, desigualdad, servicios públicos insuficientes y una creciente inconformidad social?
La contradicción resulta evidente.
Durante meses hemos visto gobiernos apresurarse a embellecer aquello que estará bajo la mirada extranjera, mientras colonias enteras continúan esperando soluciones que llevan años prometidas. No se trata de estar en contra de mejorar las ciudades; al contrario, es precisamente eso lo que los ciudadanos han exigido durante décadas. Lo preocupante es que esas mejoras parezcan depender más de la visita de los extranjeros que de las necesidades de quienes habitan permanentemente esos espacios.
Quizá uno de los ejemplos más simbólicos ocurrió en Nuevo León, donde diversas viviendas fueron cubiertas para ocultar una realidad que podría resultar incómoda para los visitantes. Como si la pobreza desapareciera detrás de una lona. Como si la desigualdad pudiera esconderse bajo una tela.
Pero las lonas no resuelven los problemas. Sólo los ocultan temporalmente.
Y cuando el último aficionado regrese a casa, la realidad seguirá ahí.
Paradójicamente, este mundial tampoco parece despertar el entusiasmo colectivo que caracterizó a otras ediciones. No se percibe aquella fiebre futbolera que inundaba calles, oficinas y hogares. Tal vez porque hoy los mexicanos enfrentan preocupaciones mucho más urgentes que un marcador. Tal vez porque cada vez resulta más difícil celebrar cuando las brechas sociales se profundizan.
Incluso, el propio mundial se ha convertido en una plataforma de presión social.
Transportistas, campesinos, maestros, madres buscadoras, estudiantes vinculados a la exigencia de justicia por Ayotzinapa y diversos sectores han anunciado movilizaciones y manifestaciones durante estas semanas. No buscan arruinar una fiesta deportiva; buscan aprovechar el único momento en que el mundo estará mirando hacia México para recordar que existen problemas que siguen esperando respuesta.
Porque cuando la ciudadanía siente que sólo puede ser escuchada durante un evento internacional, el problema ya no es la protesta; el problema es la ausencia de canales efectivos para atender las demandas cotidianas.
A partir de hoy los estadios estarán llenos, sonarán los himnos y millones de personas celebrarán alrededor del planeta. Y está bien hacerlo. El deporte tiene una capacidad extraordinaria para unir, emocionar e inspirar. Pero mientras la pelota ruede, no deberíamos perder de vista aquello que ocurre fuera de la cancha.
Porque el verdadero partido de México no se juega en un estadio. Se juega todos los días en las calles, en las escuelas, en los hospitales, en el campo, en las familias que buscan a sus desaparecidos y en los ciudadanos que siguen esperando que el desarrollo deje de ser un espectáculo para convertirse en una realidad.
Y ese partido, nos guste o no, todavía está lejos de ganarse.









