En los medios internacionales se reconoce que la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, se enfrentó al presidente Trump y salió victoriosa. “La mujer que pudo con Trump”, dicen los titulares de los principales periódicos. Y, a pesar de que yo sostengo que los aranceles nunca fueron el objetivo, sino un medio para negociar con el ingrediente de la intimidación, debo reconocer que es cierto: Sheinbaum salió victoriosa de esa batalla.
Pero mientras el mundo reconoce su hábil negociación política, la principal avenida de su país está tomada por maestros de la CNTE, quienes argumentan que no han logrado acordar con el Gobierno.
Al mismo tiempo que las principales avenidas estaban cerradas y la plancha del Zócalo bloqueada, la política nacional mostraba que Claudia se encuentra acorralada entre poderosos actores que reciben instrucciones de otro poder, y la sombra peligrosa del hombre que sigue siendo la guía moral del movimiento que ella pretende dirigir.
La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) llegó a la Ciudad de México exigiendo un aumento salarial, una jubilación más próxima y la modificación de la ley del ISSSTE, con el objetivo de poder retirarse con mejores condiciones. Su llegada sacudió la ciudad: cerraron aeropuertos, avenidas e intentaron tomar la plancha del Zócalo en un movimiento popular no visto desde los tiempos en que el presidente López Obrador tenía la banda presidencial en su pecho.
Quisiera hacer un paréntesis para señalar que quizá la designación de Mario Delgado puede tambalearse ante esta situación. Recuerdo que el día en que lo nombraron secretario de Educación Pública, me pregunté: ¿qué hace un presidente de partido siendo el encargado de coordinar la educación a nivel nacional? Solo para responderme que el objetivo no sería mejorar la educación, sino utilizar a los míticos sindicatos —que tienen un gran poder dentro de este país— como capital electoral. Hoy, más bien, parece que están en contra del proyecto de transformación.
Debo hacer notar que, a pesar de que no comparto algunas de sus decisiones, Claudia no me ha parecido una mala presidenta, en el sentido de que ha hecho propuestas estratégicas y ecológicas que, de seguirse, podrían traer grandes beneficios al país. Sin embargo, las condiciones políticas no le han permitido destacar como una figura gobernable.
Si Claudia quiere ser la presidenta que puede llegar a ser, tendrá que poner mano dura a las personas que están dentro de su mismo partido. La pregunta es: ¿a estas alturas de su gobierno, eso es posible?
Hoy, frente al mundial que ocurrirá en tan solo unos días, la Presidenta puede tener una actitud represora o ser diferente y defender los valores de izquierda que la llevaron a la Presidencia.














