Era una tarde como muchas en Paseo de la Reforma. Quizá la única diferencia era el cielo nublado y que yo necesitaba una razón para vivir. Después de comer, caminé un poco hasta que, de pronto, decenas de jóvenes con pancartas, lonas y palos corrieron hacia los carriles centrales e irrumpieron el paso de carros y motocicletas.
Los primeros momentos fueron emocionantes. Quizá por los policías de tránsito corriendo, los jóvenes gritando o la posibilidad de caminar a la mitad de Reforma durante la hora pico. Pero pronto esas ganas de acercarme comenzaron a disminuir por un miedo que me hacía dar pasos atrás, provocado por amenazas y confrontaciones entre manifestantes y motociclistas.
Cuando pasó el momento de emoción, un silencio me orilló a observar a los jóvenes que, según sus pancartas, eran del Politécnico. Por edad, altura y color de piel, eran iguales que yo; solo que ellos tenían el pelo largo y ropa holgada, mientras yo llevaba el cabello igual que cuando estaba en el servicio militar, además de un traje negro y zapatos bien boleados, ambos comprados con el dinero que recibí por mi Premio de la Juventud.
Me sentí ajeno, como un traidor, y pensé que era todo un misterio cómo, aunque nos viéramos tan diferentes, buscábamos cosas tan similares.
Los jóvenes decidieron moverse hacia Insurgentes. Para hacerlo, tuvieron que pasar frente al Senado de la República, que rápidamente inició un operativo para enfrentar la manifestación. Yo me acerqué y me di cuenta de que, justo en ese momento, salía del estacionamiento del Senado una Suburban gris con cristales blindados y una camioneta escolta detrás. Dentro de ella iba Adán Augusto López Hernández.
Con el arrojo —y también la arrogancia— que lo caracteriza, uno de los políticos más poderosos del país avanzó hacia la parte trasera de la manifestación sin mayor seguridad, escoltas ni operativos para evitar el contacto. En un hecho muy extraño, una manifestación de cientos de jóvenes que gritaban enojados porque querían ser escuchados por el gobierno era seguida por un hombre con línea directa a la Presidencia, pero no lo vieron; y quizá, si lo hubieran visto, ni siquiera lo habrían reconocido.
Durante los siguientes minutos y horas de la marcha, vi a muchos trabajadores que iban en el Metrobús después de su jornada laboral y tuvieron que bajarse para caminar hasta la siguiente parada. Vi a repartidores reprocharles a los estudiantes que el bloqueo afectaba su trabajo. Vi al pueblo pelearse contra el pueblo. Y también vi a uno de los hombres más poderosos de México no tener ni siquiera que bajarse de su camioneta blindada para atenderlos.
No pretendo, con este artículo, criticar a quienes se manifestaron por una causa que estoy seguro es legítima, sino hacer notar que muchas veces nuestras marchas terminan en una afectación que el pueblo le hace al pueblo, porque la resistencia no la ven los ojos correctos y porque la autoridad no es confrontada de manera adecuada. Y yo atribuyo eso a un problema: no conocer el sistema que se pretende cambiar.
Al poder no se le debe aplaudir, pero tampoco ignorar. Hay que conocerlo y entender la estructura que finalmente lo mantiene vivo, para que, cuando queramos cambiarlo, sepamos por dónde empezar y qué queremos hacer.
*sfq














