"Hay una ley para el león y una ley para el buey, y eso se llama opresión." — William Blake
Hay dos tipos de plazos en este país. Los que aplican para el ciudadano común, que son inamovibles, inflexibles y se ejecutan con precisión quirúrgica. Y los que aplican para el funcionario que saqueó, que desvió, que omitió, que mintió: esos, curiosamente, siempre encuentran una razón para no correr o para correr hacia ningún lado.
Al ciudadano que no pagó su predial a tiempo le cobran recargos sin misericordia. Al que no presentó su declaración en el plazo previsto lo multan sin que nadie considere sus circunstancias. Al que no impugnó el acto de autoridad dentro de los quince días hábiles que marca la ley se le dice, con toda la frialdad del sistema, que su derecho caducó. Que ya no hay nada que hacer. Que debió haber reclamado antes.
Y tiene razón el sistema, en su lógica fría. Porque la ley es la ley, y los plazos son los plazos, y el orden jurídico no puede funcionar si cada quien reclama cuando le viene en gana.
Pero entonces viene la pregunta incómoda: ¿y los otros? ¿Y los que durante sexenios enteros construyeron fortunas con dinero público, los que desviaron partidas presupuestales hacia cuentas propias, los que pavimentaron con dinero de todos la entrada a sus ranchos privados, los que cobraron obras que nunca se construyeron? ¿Para ellos también corre el reloj con esa puntualidad implacable?
La respuesta, que todos conocen aunque pocos digan en voz alta, es no. Para ellos hay prescripciones convenientes, investigaciones que se extravían, expedientes que duermen en cajones, y una generosa cultura del ya pasó, ya para qué, hay que ver hacia el futuro.
El ciudadano, en cambio, no tiene futuro jurídico si no reclamó en el pasado exacto que la norma le señaló. Su omisión lo extingue. La omisión del funcionario, en cambio, se administra, se negocia, se olvida.
Nos acostumbraron a callar. Nos enseñaron que reclamar es de gente problemática, que las instituciones saben lo que hacen, que algo se habrá de resolver solo. Y mientras callábamos, se llevaron los derechos, el dinero, las carreteras, los sistemas de salud, las posibilidades de desarrollo que pudieron haber sido y no fueron.
Esa pedagogía del silencio no fue accidental. Fue, y sigue siendo, el negocio más rentable de la historia moderna de este país.
El reloj corre. Pero no para todos por igual.














