Pase lo que pase con el cierre del ciclo escolar, la polémica que ha dividido opiniones dentro y fuera del sector educativo deja un saldo evidente: un desgaste innecesario para los principales actores, es decir, maestros, directivos, autoridades y una discusión pública que, con frecuencia, confunde cantidad con calidad. Es cierto que aumentar los días u horas de permanencia en la escuela puede ampliar oportunidades de aprendizaje, sobre todo cuando el tiempo adicional se organiza con intención pedagógica; sin embargo, también es cierto que la evidencia comparada sugiere que “más tiempo” por sí mismo no garantiza “mejores resultados”. En otras palabras, sin mejoras en prácticas docentes, materiales, acompañamiento y condiciones laborales, extender el calendario puede traducirse, más que en aprendizaje, en cansancio acumulado y burocracia escolar.
Desde una perspectiva imparcial, conviene reconocer los dos lados del debate. Quienes defienden ampliar la jornada o el número de días suelen sostener que se puede compensar rezagos, ofrecer apoyo académico y brindar espacios seguros mientras las familias trabajan; además, la comparación internacional ha influido en políticas que fijan umbrales de días efectivos. No obstante, revisiones de investigación en América Latina advierten que los efectos de la jornada extendida son variables y dependen de cómo se use el tiempo añadido, de la capacidad de gestión escolar y de la disponibilidad de recursos. En la misma línea, análisis de la OCDE sobre “días escolares ampliados” subrayan que los beneficios potenciales aparecen cuando el tiempo extra se integra a un diseño pedagógico coherente y a ajustes reales de recursos (infraestructura, alimentación, formación y carga docente), pues de lo contrario la extensión puede perder eficacia y aumentar la tensión organizativa.
Por eso, el dilema no debería reducirse a “recortar” o “alargar” el calendario como si fuera una palanca única. México es heterogéneo: el clima extremo, la infraestructura desigual, la distancia a las escuelas y los contextos de violencia o precariedad hacen que un mismo calendario tenga costos y beneficios distintos según la región. Asimismo, el bienestar docente no es un asunto menor: el agotamiento físico y emocional impacta la enseñanza y, a la larga, también el aprendizaje. Una crítica equilibrada exigiría, entonces, discutir qué aprendizajes se buscan, qué se hará con el tiempo “extra” o “recuperado”, cómo se reducirá la carga administrativa, y qué apoyos concretos recibirán las escuelas para que el tiempo escolar sea de calidad. En síntesis: más que contabilizar días, la pregunta de fondo es cómo convertir el tiempo en aula, ya sea mucho o poco, en experiencias de aprendizaje significativas y sostenibles para estudiantes y educadores.
Es momento de pasar del debate reactivo a una decisión responsable. A las autoridades educativas les toca fijar un marco nacional claro de días efectivos y, al mismo tiempo, abrir la puerta a ajustes regionales justificados con criterios públicos; pero esos cambios deben venir acompañados de apoyos verificables (infraestructura, materiales, alimentación, transporte y una reducción real de la carga administrativa). A las comunidades escolares, directivos, docentes y familias, les corresponde exigir que cualquier ampliación de tiempo se traduzca en mejores aprendizajes: programas piloto con metas explícitas (lectura, matemáticas, recuperación socioemocional), formación y compensación adecuadas, y evaluación transparente de resultados. Y a la sociedad, dejar de aplaudir solo la “cantidad” y empezar a demandar “calidad” con evidencia. Si queremos que la escuela recupere su sentido, hagamos que cada día cuente: no por durar más, sino por enseñar mejor y cuidar a quienes sostienen el aula, a ver…
L@S REDES: En Morelos, quienes desde el anonimato en las redes sociales evocan la santa inquisición y se desgarran las vestiduras buscando culpables, como es el caso de la secretaria de Educación del estado Karla Herrera, por votar inicialmente la propuesta de recorte al calendario escolar, no hacen más que abonar a un debate estéril que busca dividir más las opiniones, por cierto, superfluas sobre el tema. En cambio, allí está el posicionamiento del líder sindical del magisterio en el estado, Joél Sánchez Vélez, quien en un documento elaborado expone las razones por las cuales el SNTE respalda la reducción de los días actividades del calendario escolar, estableciendo la necesidad de analizar ventajas y desventajas, condiciones y recursos conque operan las escuelas en el estado, así como atendiendo a las necesidades de preservar la salud física y emocional de los trabajadores de la educación sin menoscabo de los intereses de los estudiantes y de sus familias; establecer una justa media parece lo mejor, veremos… En mis tiempos de educación básica el ciclo escolar terminaba a finales de junio e iniciaba en septiembre, más de dos meses de receso y durante ese espacio se hacían y aprendían muchas cosas, pero nada de perder el tiempo, las actividades de campo y ayudar en casa fueron tareas que en mucho sustentaron también la formación de esas generaciones, debería revisarse la historia para volver a repetir aquello que funcionaba mejor…














