La inseguridad se ha convertido en una experiencia cotidiana, en donde ya no se trata únicamente de cifras y noticias, se vuelto una sensación persistente que atraviesa la vida diaria en donde salir de casa, tomar transporte público, caminar de noche se vuelve un riesgo. De manera que no solo la violencia transforma la vida, sino el miedo que produce.
El miedo, en este contexto, no es una reacción momentánea frente al peligro, sino una condición permanente como señala Zygmunt Bauman, la sociedad contemporánea está marcada por incertidumbre que genera ansiedad constante, una sensación de vulnerabilidad que no siempre corresponde con riesgos inmediatos, pero repercuten en el comportamiento colectivo pues, aunque no todos han sido víctimas directas de un delito, casi todos actúan como si pudieran serlo en cualquier momento.
Esta percepción surge a partir de experiencias cercanas y de una circulación constante de información de noticias, de esta manera el miedo se expande más allá de los hechos concretos y se instala como una forma de interpretar la realidad.
Lo que provoca que no únicamente exista miedo, sino que ese miedo modifique conductas y transforme la manera en que las personas se relacionan entre sí. De esta manera este fenómeno no solo genera víctimas directas, sino también efectos colectivos que debilitan a la cotidianidad en la que vive la sociedad, la cual ha tenido que adaptarse a vivir con miedo y en consecuencia esta adaptación implica el costo de la renuncia de libertad al dejar de hacer cosas no porque estén prohibidas, sino porque parecen peligrosas.
En este punto, el problema deja de ser exclusivamente de seguridad para convertirse en un problema más amplio debido a que una población con miedo es también una población más vulnerable.














