Resulta inconcebible observar a algunos expertos lectores hablar contra estos países hermanos cuando se denuncia la agresión imperialista a Venezuela y a Cuba. Le estamos regalando el petróleo a esa dictadura dice una diputada priísta haciendo alarde de su palurda ignorancia. Otro se burla de Maduro aplaudiendo su secuestro y su encarcelamiento, otros lo secundan afirmando que dejó a Venezuela en la miseria.
Ningún comentario al abuso, a la transgresión al Derecho Internacional, a la lista de pretextos utilizados por los USA y su mentira infamante. Todos estos justificadores de la agresión imperialista se han manifestado con singular alegría como entenados de Donlad Trump.
Nuestra Amerindia, Gaza, Cisjordania, Líbano, Yemen y otros sufren desde hace tiempo una prolongada e interminable semana santa sin domingo de resurrección.
* * *
Estuve meditando con relativa serenidad acerca de la prudencia que significaría expresar estas reflexiones recordando mis ejercicios seminarísticos. Lo digo porque sé cómo reaccionan los creyentes que se han venido fanatizando y que descargan sus frustraciones en todo aquel que no comparte sus formas de pensar. Y de actuar. Aquí una lluvia de ideas un tanto cuanto desperdigadas…
Nuestro privilegiado Estado de Morelos, en más de un sentido, vivió un tiempo cultural muy relevante con la presencia de nuestro carísimo Obispo Don Sergio y de personajes que acompañaron su trayectoria, su compromiso y su práctica sociocultural. Iván Illich, Gregorio Lemercier, Erich Fromm, Gutierre Tibón y otros. Don Sergio insistía en ver al Cristianismo no como una religión sino como una forma de vida y también en comprender los actos religiosos como un fenómeno cultural. De ahí la necesidad de estudiarlos y analizarlos.
Si entendemos el cristianismo como una forma de vida comprenderemos que su práctica no se puede reducir a los actos de culto. Las ceremonias litúrgicas cumplen el objetivo de convocar para provocar la reflexión en cuanto a nuestro compromiso. Definirse Cristiano, como lo hizo Don Sergio, implicaría no creer en un Dios que manda carismas sanadores para tener bienestar, trabajo o salud, sino en uno que nos compromete a ser artesanos de la paz, trabajadores por la justicia, militantes de la vida. comprometidos por amor a los pobres.
Los sentimientos de Culpa o el Miedo no tienen por qué ser las motivaciones principales de nuestro comportamiento, no deben tener lugar aquí, generan actitudes fanáticas. La idea del premio y el castigo es un sistema de control. La Iglesia debe abandonar esta dependencia. Todavía vemos catequistas que insisten en infundir en los infantes absolutamente inocentes, culpas ajenas o miedos inexplicables y gastan su tiempo hablándoles del diablo.
Bienaventurados los ateos porque encontrarán a Dios, afirma Martha López Vigil. Abunda en su explicación. Los postulados religiosos se presentan absolutos, rígidos, infalibles, incuestionables, inmutables e impenetrables al paso del tiempo. Y la humildad –que tiene la misma raíz, que humanidad, humus– me parece un caminito esencial ante el Misterio del mundo, que ni la ciencia ni ninguna religión logra desentrañar cabalmente.
Los testimonios cristianos serían gestos que no son ascéticos deberes de una ideología asumida como criterio de vida, sino actos de amor que traducen una espiritualidad vivida en un criterio operativo ético de compromiso, en todos los niveles de la existencia personal.
Es así porque Jesús no fundó un templo, no fundó un sacerdocio, no instituyó rituales. Jesús era un predicador ambulante, en el que resaltan tres cosas, su preocupación por los enfermos, por la salud, curaba a un ciego, un manco, un paralítico... curaba a todo el que podía. Pero estos relatos no se pueden tomar al pie de la letra. En aquella cultura esos hechos no ocurrieron así, tal cual. Son formas de decir que Jesús aliviaba el sufrimiento. Una gran preocupación del Evangelio es la salud, lo que más nos preocupa a todos. Otra, es el hambre. Las comidas son, siempre, compartidas, de alimentación compartida. ”Hagan esto en conmemoración mía”, dice Jesús. Compartan la comida.
Y teniendo presentes a los abominables y aborrecibles criminales de lesa Humanidad, Netanyahu, Trump y todos sus cómplices europeos y americanos, terminemos con la maldición de Pito Pérez en su célebre biografía cuando lo crucificaron como Cristo en la Pasión: “Padre: no perdones a estos hijos de la chingada, se hacen pendejos que no saben lo que hacen”.














