En los últimos días ha comenzado a aparecer con más frecuencia un término incómodo, incel (célibes involuntarios) jóvenes que no logran establecer relaciones afectivas y que en algunos casos, transforman esa frustración en resentimiento.
El fenómeno no es nuevo, lo nuevo es que ya no está lejos y que empieza a asomarse en hechos concretos.
Casos recientes en México como el de un joven en Naucalpan, estudiante de bachillerato, señalado por un ataque que encendió alertas sobre este perfil, o el ocurrido en Michoacán, donde un menor protagonizó un hecho violento dentro del entorno escolar, han puesto el tema sobre la mesa.
No se trata de etiquetar a personas, pero tampoco de ignorar patrones.
Detrás del término hay algo más profundo, una mezcla de aislamiento, expectativas distorsionadas y una narrativa que, en ciertos espacios digitales convierte experiencias personales en explicaciones colectivas. Ahí empieza el problema, no en la soledad sino en la interpretación de esa soledad.
Este fenómeno ya ha tenido expresiones más graves fuera de México.
En Estados Unidos, el caso de Elliot Rodger en 2014 un joven que asesinó a varias personas tras difundir mensajes de odio motivados por su frustración afectiva, mostró hasta dónde puede escalar ese proceso cuando encuentra una narrativa que lo justifica.
Y en ese contexto aparece una conversación incómoda.
El cambio en las dinámicas sociales.
En los últimos años se han impulsado agendas en favor de la mujer, necesarias en muchos sentidos que han abierto un debate sobre cómo están evolucionando las relaciones, las expectativas y los roles. En ese contexto, hay quienes interpretan estos cambios como una reconfiguración del lugar del hombre, no necesariamente como un hecho comprobado sino como una percepción que aparece cada vez más en conversaciones y análisis.
Para algunas mujeres ha significado autonomía, para algunos hombres, desorientación, no necesariamente por falta de oportunidades sino por falta de referentes.
Cuando el cambio es más rápido que la capacidad de adaptarse, aparecen los extremos.
De un lado discursos que generalizan, del otro respuestas que reaccionan desde la frustración.
No es una relación directa, pero sí un contexto.
El problema no es el cambio, es cuando ese cambio se interpreta desde el resentimiento.
Ahí la conversación deja de ser social y se vuelve emocional y cuando lo emocional se organiza, se convierte en narrativa.
El problema no es la tecnología es lo que se construye dentro de ella.
Cuando alguien deja de verse como responsable de su propia historia y se explica sólo desde el rechazo o la exclusión, el riesgo cambia de dimensión.
La violencia nunca se justifica, pero tampoco se entiende ignorando sus causas.
Si el análisis se queda en la etiqueta se pierde el fondo.
Y el fondo es incómodo, hay jóvenes que no están encontrando su lugar.
Y cuando eso pasa, no basta con explicarlo, hay que atenderlo. Porque dejar a una generación sola intentando entenderse a sí misma en medio del ruido, no es sólo un problema individual, es una responsabilidad social que alguien tiene que asumir.
#QuéCosa!














