Durante mucho tiempo se sostuvo la idea de que el trabajo era una vía segura para alcanzar estabilidad, autonomía y mejores condiciones de vida. Tener empleo significaba contar con un ingreso suficiente para cubrir necesidades básicas. Sin embargo, esa idea cada vez se aleja más de la cotidianidad de muchas personas, en donde no basta tener un empleo para disminuir las situaciones de vulnerabilidad. Por el contrario, en numerosos casos el trabajo se ha convertido en un factor de riesgo social.
Esto ocurre porque cuando el salario no alcanza, cuando no hay prestaciones, cuando la jornada se extiende más allá de lo razonable y cuando el descanso se vuelve un privilegio, el trabajo deja de funcionar como un mecanismo de seguridad y comienza a operar como una fuente de riesgo. Actualmente un ejemplo de la precariedad laboral es que un solo empleo ya no basta, muchas personas, aun trabajando todos los días, necesitan buscar ingresos adicionales para pagar renta, transporte, alimentación, servicios o gastos escolares.
Lo que vislumbra que el empleo en la mayoría de los casos ya no logra cubrir por sí mismo lo indispensable. De esta manera la persona se ve obligada a multiplicarse. Y aunque desde fuera esto puede leerse como esfuerzo o responsabilidad, en realidad revela que el trabajo ya no está garantizando condiciones mínimas de bienestar. Aunado a ello esta situación produce consecuencias que van mucho más allá del ingreso. Tener que depender de dos o más actividades laborales genera un desgaste físico y emocional constante. El cuerpo resiente la falta de descanso y la mente se acostumbra a una presión permanente.
Por lo que, en consecuencia, el tiempo para convivir con la familia, cuidar la salud, estudiar, descansar se dejan a un lado. En este sentido resulta importante entender que la precariedad laboral no solo afecta al trabajador, sino que se expande hacia otras dimensiones de la vida. De manera que esto se traduce en que el trabajo precario produce vulnerabilidad.














