En los últimos días comenzó a circular con fuerza una palabra que para muchos resulta extraña y para otros representa identidad “Therian”. La palabra viene del griego “thērion” (θηρίον), que significa bestia o animal salvaje. De ahí nace el término moderno para describir a personas que sienten una conexión simbólica o identitaria con animales. Los jóvenes que afirman sentir una conexión profunda con animales y que encuentran en redes sociales un espacio para expresarlo. El término ha generado curiosidad, polémica y también preocupación social; más allá de la anécdota viral, el fenómeno abre una conversación más amplia sobre identidad, salud emocional y el papel que hoy juegan las plataformas digitales en la construcción del “yo”.
Reducir el tema a la burla sería simplista. Convertirlo en bandera incuestionable también lo sería; el debate no debería quedarse en la caricatura de quien camina en cuatro patas o se sube a un árbol intentando parecer un animal. Lo relevante es preguntarse qué está pasando con una generación que necesita narrarse constantemente frente a una cámara para sentirse parte de algo.
No es la primera vez que la juventud explora símbolos extremos para definir su lugar en el mundo. El psicólogo Erik Erikson describió la crisis de identidad como una etapa natural en la que muchos jóvenes prueban roles, estéticas y pertenencias antes de consolidarse. Décadas después, el sociólogo Zygmunt Bauman habló de una modernidad líquida donde las identidades se vuelven inestables y cambiantes, moldeadas por entornos sociales volátiles. Y el historiador social Christopher Lasch advirtió sobre una cultura que gira en torno a la autoexpresión constante y la necesidad de validación pública. Mirado desde ahí, el fenómeno therian no solo es una tendencia digital. También puede interpretarse como un síntoma de una época que busca sentido en medio del ruido.
Las redes sociales amplifican todo, lo minoritario parece masivo, lo anecdótico se convierte en conversación nacional. No existe evidencia seria que confirme muchas de las historias extremas que circulan en internet, pero tampoco se puede ignorar que algunos comportamientos reflejan desorientación emocional o necesidad de pertenencia. El riesgo no está en la estética, sino en la posibilidad de que la identidad se construya únicamente desde el eco digital y no desde experiencias reales que fortalezcan a la persona.
Cada generación ha tenido sus excesos. El rock and roll fue visto como amenaza moral, luego llegaron los punks, los góticos y otras expresiones que incomodaron a quienes observaban desde fuera. La diferencia hoy es la velocidad; antes las identidades se construían en la calle. Ahora nacen en el algoritmo, se viralizan en segundos y se discuten sin contexto.
Tal vez el fenómeno therian no sea una revolución social ni una amenaza cultural definitiva. Tal vez sea simplemente el reflejo de jóvenes que buscan dirección en un mundo saturado de estímulos y pocas certezas. La conversación pública haría bien en abandonar los extremos y observar con más profundidad lo que hay detrás de la máscara, no para juzgar, sino para entender.
Porque al final, cuando todo se vuelve tendencia, la verdadera pregunta no es quién se siente animal, sino qué tan humana sigue siendo nuestra forma de construir identidad.
Lo demás es ruido digital.
#QuéCosa!














