Puede ser que usted no haya oído hablar del tema o que solo haya escuchado la versión occidental de los hechos, pero Irán vive hoy una crisis que, considero, debería paralizarnos a todos y, al menos, obligarnos a reflexionar.
Desde el pasado 28 de diciembre, miles de iraníes salieron a las calles para protestar contra una economía fallida, en la que el costo de los insumos básicos y de la vida en general se había vuelto simplemente inaccesible. Con una moneda que alcanzaba una caída histórica frente al dólar, el gobierno comenzó reconociendo las razones de la protesta y anunció algunas medidas en materia monetaria.
Sin embargo, lejos de generar alivio, dichas medidas provocaron la sensación generalizada de que el gobierno no sabía lo que estaba haciendo. La inconformidad creció y la flama de la lucha se avivó entre la población. Pronto, aquel “gobierno comprensivo” dio paso a su verdadero rostro represivo: primero cortó el acceso a internet en todo el país, dificultando la comunicación entre los manifestantes, limitando la organización de movilizaciones y haciendo prácticamente imposible mostrarle al mundo lo que estaba ocurriendo.
Después vinieron las detenciones masivas, acompañadas de un mensaje claro por parte del líder supremo, quien afirmó que “…es inútil hablar con alborotadores, hay que ponerlos en su lugar”. Finalmente, comenzaron las ejecuciones y los disparos indiscriminados contra manifestantes. En cuestión de una semana, y bajo la oscuridad informativa provocada por el apagón digital, se reportó el asesinato de más de cinco mil personas.
Frente a esta tragedia —poco difundida pero de enorme gravedad— Estados Unidos aprovechó la coyuntura para posicionarse contra un viejo enemigo regional. Declaró que, de continuar las ejecuciones y la represión, “Golpearía a Irán donde más le duele”. Conociendo el escaso interés humanitario de Donald Trump, no pasó mucho tiempo antes de que la agenda internacional dejara de centrarse en la represión interna para desplazarse hacia la posibilidad de un conflicto armado entre Irán y Estados Unidos, país que hoy rodea a la nación persa con portaaviones, buques y destructores.
Si bien es importante analizar un eventual enfrentamiento entre ambos países —muy distinto, por ejemplo, a un choque con Venezuela, debido a la capacidad armamentística de Irán y su potencial para interrumpir la distribución mundial de petróleo— no es ese el tema que quiero abordar hoy.
Me resulta inconcebible que, en alguna parte del mundo, se abra fuego contra personas cuyo único delito es alzar la voz para exigir condiciones dignas de vida, y que el mundo no se detenga a observar. Aunque se trate de un problema geográficamente lejano, es indispensable hablar de ello, compartir información y denunciar los abusos, para obligar a que los ojos del poder se posen sobre algo que no puede ni debe seguir ocurriendo.
Por otra parte, esta realidad —que desde el mundo occidental muchas veces no logramos comprender— debería servirnos como recordatorio para no dar por sentadas nuestras libertades. La posibilidad de quejarnos, manifestarnos y exigir mejores gobiernos no es un hecho garantizado. La democracia, la libertad de expresión y la limitación del poder no son derechos inalienables: son conquistas que deben defenderse, apreciarse y cuidarse de manera permanente.














