No estamos viviendo una época especialmente brillante, pero sí una profundamente exagerada. Todo es extremo, todo es urgente, todo es histórico, todo es indignante. Si no tomas partido inmediato pareces ausente y si dudas, pareces sospechoso.
La política se volvió un concurso de exageraciones. La derecha ya no es derecha, es ultraderecha. La izquierda dejó de ser izquierda y se volvió ultraizquierda. No hay matices, no hay zonas grises, no hay pausas. O estás conmigo o estás contra mí, el punto medio no es equilibrio es traición.
Pero este vicio no es solo político. Se filtró en la vida diaria, en las redes, en los medios, en las sobremesas. Todo provoca escándalo, todo merece cancelación, todo exige postura. Vivimos reaccionando, no pensando, opinando antes de entender. Gritando antes de escuchar.
La exageración es cómoda, simplifica la realidad. Divide el mundo entre buenos y malos y te ahorra el trabajo de pensar. Además es rentable, genera likes, aplausos y seguidores. La moderación no vende, la prudencia no emociona, el matiz aburre.
El problema es el costo. Cuando todo es exagerado nada es serio. Cuando todo es urgente nada es importante, cuando todo es extremo, la realidad se vuelve frágil. Gobernar se complica, dialogar se vuelve imposible y cualquier error, por pequeño que sea, se convierte en crisis.
No necesitamos más discursos encendidos ni más consignas absolutas. Necesitamos bajar dos rayitas, volver a pensar sin gritar, a discrepar sin destruir. A entender que no todo desacuerdo es una agresión ni toda diferencia es una amenaza.
Tal vez el verdadero acto de rebeldía hoy no sea irse a un extremo, sino resistirse a ellos. Pensar con calma, aceptar la complejidad. Reconocer que la realidad no cabe en un tuit ni en una consigna.
Porque cuando la exageración se vuelve norma, el problema ya no es quién tiene la razón.
El problema es que dejamos de buscarla.
#QuéCosa!