Hay una inquietud que se repite en empresas, escuelas, consultorías y en muchas sobremesas. No es una crítica ni un regaño, pero sí es una señal generacional que vale la pena revisar con calma.
¿Qué está pasando con los jóvenes de 17 a 20 años?
Los datos muestran algo importante. El INEGI registra que esta generación percibe más incertidumbre laboral que cualquier otra de las últimas décadas. El IMJUVE documenta que muchos sienten presión por llegar rápido por lograr en dos años lo que antes llevaba diez. No es flojera, es ansiedad Y no es invento es un fenómeno real.
A esta generación le ocurrió algo que ninguna otra vivió en ese momento clave de la adolescencia. La pandemia los encerró a los 14, 15, 16 años justo cuando uno aprende a convivir a equivocarse a negociar límites y a moldear carácter. Tres años en casa modifican la forma de mirar la vida. Esos procesos quedaron interrumpidos no por decisión, por circunstancia.
A eso se suma una cultura digital que ya no solo entretiene, sino que modela expectativas. Las redes sociales funcionan con velocidad de vértigo, todo es inmediato todo es perfecto. Todo es alcanzable y cuando uno tiene 18 años es fácil sentir que ya va tarde, que el éxito debe llegar como llega un video viral, en segundos.
Del otro lado las empresas también hablan, muchos jóvenes llegan al mercado laboral con poca tolerancia a la frustración, pero no por irresponsabilidad, sino porque crecieron en un ecosistema donde todo sucede rápido y nada parece definitivo. La inmediatez dejó de ser lujo para convertirse en norma.
Después aparece el ruido aspiracional, Influencers que prometen vidas de abundancia instantánea, cursos que ofrecen libertad financiera en siete días, historias que venden la ilusión del dinero fácil. El Banco de México y la Condusef han señalado el aumento de apuestas digitales entre jóvenes. El mensaje es ruidoso y constante la vida real queda abajo, la fantasía de la inmediatez queda arriba.
Este fenómeno no es exclusivo de México. Japón estudia desde hace años los casos de jóvenes que se aíslan por estrés social. En Estados Unidos y Europa las universidades reportan niveles inéditos de ansiedad entre estudiantes que sienten que ya van tarde. Corea del Sur analiza cómo las expectativas imposibles afectan a quienes apenas empiezan su vida adulta. Francia ha reconocido el impacto del encierro en adolescentes y España discute si la llamada generación de cristal es una etiqueta injusta o un síntoma de la presión actual. No hablamos de una generación débil, hablamos de una época que exige demasiado y muy rápido.
Y es importante decirlo con claridad. No se trata de meter a todos en la misma caja sería injusto y falso, hay miles de jóvenes que trabajan, estudian, se esfuerzan, madrugan, sostienen sus hogares y se abren camino a pulmón. Jóvenes que valoran el esfuerzo y que no se dejan engañar por las prisas del mundo digital, ellos existen son muchos y merecen reconocimiento. El fenómeno del que hablo no describe a todos describe a una parte que está siendo moldeada por un entorno que a veces confunde velocidad con éxito.
La verdadera pregunta no es si los jóvenes no quieren esforzarse, esa es la versión simplona. La pregunta seria es otra.
¿Estamos frente a una generación que no quiere esperar o frente a un sistema que dejó de acompañar?
¿Son ellos quienes renuncian al camino largo o somos nosotros quienes permitimos que la fantasía del atajo se vuelva más atractiva que la vida real?
La respuesta quizá está en medio. Hay jóvenes brillantes, comprometidos y creativos con un impulso admirable. Hay otros atrapados entre la ansiedad la comparación permanente y un mercado laboral que no siempre cumple lo que promete.
No es un problema de flojera, es un problema de sentido.
Un desfase entre lo que enseñan las pantallas y lo que ofrece la vida real.
La juventud no es la crisis, es el termómetro y si el termómetro marca prisa, ruido y desorientación algo tenemos que revisar como sociedad.
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