Recuerdo los tiempos de Peña Nieto como un constante choque entre el poder y la ciudadanía. Desde la campaña —y posteriormente durante su gobierno— su equipo enfrentó una resistencia social profunda, ejemplificada en la Ibero con el movimiento #YoSoy132. Su toma de protesta estuvo sitiada por una violenta confrontación entre un bloque de manifestantes y la policía, y durante mucho tiempo después hubo choques diarios entre granaderos y ciudadanos inconformes.
En esos años, grandes murallas custodiaban Bucareli, las calles del Centro Histórico estaban llenas de retenes y vallas vigiladas por granaderos, y en todo el país se multiplicaban manifestaciones violentas encabezadas por maestros, estudiantes, sindicatos y prácticamente cualquier grupo que uno pudiera imaginar.
Sin embargo, cuando López Obrador llegó al poder, las imágenes que mostraban los medios eran distintas. No veíamos violencia por la inconformidad de algún sector, sino personas llorando al ver cómo aquel hombre que representaba esperanza tomaba la banda presidencial; mientras tanto, en pasillos, cenas y oficinas, una parte de la clase privilegiada expresaba su preocupación y su coraje por la llegada de “López”.
Para mí fue impactante ver cómo retiraban las vallas del Palacio Nacional y uno podía acercarse a tocarlo, cómo desaparecían las murallas de Bucareli, y cómo se anunciaba la eliminación de los granaderos y del Estado Mayor Presidencial, una demanda histórica desde 1968.
Al principio, esa sensación de renovación me llenaba de entusiasmo. Pero con los años, después de errores graves, de la indolencia frente a tragedias y de la complicidad ante actos evidentes de corrupción, empecé a preguntarme: ¿dónde quedó ese pueblo que tomaba las calles y hacía sentir su descontento al gobierno?
Quizá dormido por las palabras de un nuevo mesías, o quizá víctima de un gran trabajo político. Salvo excepciones —las marchas feministas, algunos contingentes pequeños en las movilizaciones por Ayotzinapa o el 2 de octubre— los grandes enfrentamientos, las plazas llenas de gas lacrimógeno y las filas de granaderos parecían cosa del pasado.
Pero hoy, con una nueva presidenta en el poder, algo está cambiando. En las calles de la capital se han unido miembros de la clase alta que critican al gobierno y participaron en la marea rosa, ciudadanos descontentos con el rumbo del país, y jóvenes de la llamada generación Z: algunos solo con la intención de manifestarse y otros incluso con la idea de derrocar al gobierno.
En el Zócalo ocurrieron dos cosas que hacía mucho no veíamos. Primero, un grupo de manifestantes se lanzó físicamente contra el gobierno para hacer sentir su descontento. Y segundo, un grupo de policías recibió la orden no solo de resguardar el recinto, sino de contraatacar y reprimir a los jóvenes.
Durante varias horas tensas, la plaza principal se convirtió en una zona de guerra: piedras, petardos y golpes llegaban de todos lados. En algunos momentos, cientos de personas agredían a cientos de policías, provocando heridas serias; en otros, los granaderos utilizaban una fuerza criminalmente desmedida contra jóvenes a quienes tiraban, pateaban y golpeaban sin justificación alguna.
El enfrentamiento fue dramático, y así como no aplaudo la violencia contra los granaderos —que finalmente también son ciudadanos— también me pregunto cuántos de ellos serán detenidos por las violaciones a derechos humanos que cometieron.
Al pueblo de México solo puedo decirle que su indignación y su coraje son legítimos ante un gobierno que no ha estado a la altura de la esperanza que despertó. Es importante luchar por un cambio verdadero, pero también debemos tener puntería: apuntar contra quienes realmente dañan al país y no caer en una espiral de violencia entre pueblo y pueblo, mientras las élites observan cómodamente desde la distancia.
Mientras tanto, el gobierno debe recapacitar. Claudia Sheinbaum no ha demostrado la capacidad para responder a los problemas políticos que han surgido, y su indolencia y soberbia ante el dolor social solo provocarán que hechos como los recientes se repitan, aunque hoy intente desaparecerlos ignorándolos.
Que la violencia haya vuelto a las marchas revela un foco rojo: en alguna parte de la sociedad el descontento es ya lo suficientemente profundo como para que alguien esté dispuesto a arriesgar su integridad por un momento de protesta. Y si este mensaje no es atendido, podría marcar —y quizá definir— el gobierno de Claudia Sheinbaum.














