El próximo sábado 15 de noviembre la generación más joven de este país, la llamada Generación Z saldrá a las calles a marchar. Y a mí eso, de inicio, me da esperanza. Porque en un país donde la mayoría se resigna, donde el miedo y la indiferencia parecen norma, ver a chavas y chavos organizándose para exigir un México distinto debería ser motivo de celebración.
Pero no. En cuestión de días, esa esperanza empezó a oler a lo de siempre: a manipulación, a oportunismo, a manos ajenas metidas donde no fueron invitadas.
Porque de pronto los partidos de la oposición han querido ponerle logo y color a una causa que no les pertenece. Una causa que nació desde el hartazgo juvenil, no desde los comités ni las oficinas de comunicación política.
Y eso es profundamente indignante.
La protesta de la Generación Z no es ni debería ser una bandera partidista. Es un grito de hastío contra la corrupción, contra la violencia, contra la impunidad. Es la voz de quienes crecieron viendo a los adultos prometer cambios que nunca llegaron. Es la rabia de una generación que hereda un país roto y una política gastada. Es la revolución de los jóvenes del siglo XXI, los homónimos del 68, de los 43.
Y sin embargo, los partidos de siempre quieren capitalizarlo todo.
Han aparecido cuentas falsas, convocatorias duplicadas, hashtags “espontáneos” pero financiados, bots disfrazados de jóvenes. Todo para tratar de dirigir el rumbo de una protesta que no pidieron permiso para hacer. Es la vieja política tratando de ponerle collar a una energía que no puede domesticar.
Y lo peor es que al hacerlo la ensucian. Porque la sospecha mata la legitimidad. Porque cuando un movimiento se vuelve botín de unos cuantos, el mensaje se pierde, la calle se divide y el poder se frota las manos.
Yo no sé si esta marcha será masiva, si logrará articular algo más que el enojo. Pero sí sé que los jóvenes tienen derecho a gritar. Tienen derecho a reclamar un país más justo, más seguro, más honesto. Y nosotros, quienes ya llevamos algunos años más viendo pasar gobiernos, tenemos la obligación de no sabotearlos.
Dejemos que marchen, que se equivoquen, que aprendan. Que descubran que la política no es patrimonio de los partidos ni de los caudillos de siempre.
Porque si algo necesita México, es justamente eso: una generación que se atreva a creer que el futuro no se negocia, se construye.
Así que a los partidos, a los viejos operadores, a los estrategas que ven en cada marcha un cálculo electoral, les digo: no todo lo que se mueve en la calle es tu bandera.
Hay luchas que no necesitan patrocinador.
Hay causas que solo florecen cuando se dejan en paz.














