El homenaje a Juan Salgado Brito no fue solo la despedida de un hombre.
Fue el recordatorio de lo que la política mexicana fue capaz de construir cuando todavía existían la palabra, el carácter y la decencia.
El Palacio de Gobierno se llenó de gente distinta. Estaba la gobernadora, senadores, diputados locales y federales, notarios, empresarios, reporteros, jóvenes y también la gente común que quiso acompañarlo.
A nadie convocaron. A todos los unió el respeto, los aplausos nacieron solos, y eso en el México de hoy, ya es un símbolo.
Juan Salgado Brito no fue un político perfecto, pero fue un político de verdad.
De los que aprendieron a escuchar antes de hablar, de los que sabían decir sí y también sabían decir no.
De los que entendían el poder como servicio, no como espectáculo.
Aprendió de su padre una lección que lo acompañó toda la vida, respetar a todos, pero no temerle a nadie.
Y con esa frase se movió entre el poder y la gente, sin miedo, con dignidad con temple.
Tenía la palabra como herramienta y la congruencia como escudo.
Hoy la política mexicana está llena de ruido, de cálculo, de actores sin oficio ni historia.
Hacen falta hombres así, que sepan mirar de frente que no confundan la astucia con la traición ni el aplauso con el respeto.
Hacen falta políticos que no necesiten un cargo para tener autoridad.
El país no necesita más slogans ni discursos huecos.
Necesita carácter, palabra, sentido de honor.
Necesita recuperar esa vieja idea que Juan Salgado Brito entendió tan bien, la de servir sin servirse.
Se fue un político querido, y eso ya es noticia.
Pero lo verdaderamente importante sería que su ejemplo no quedara solo en una anécdota, sino en una advertencia.
Porque si la política mexicana quiere recuperar el respeto, tendrá que volver a parecerse a hombres como él.
Poder para servir
#QuéCosa!














