En ocasiones, he pensado, que debería exigirse una mayor preparación a los gobernantes, para que por lo menos entiendan las consecuencias de sus actos y el poder de su mano alzada. En ocasiones, incluso los que decían “emanar” del pueblo me hacen enojar pues me parecen superficiales e imprudentes, con sus blancas sonrisas que defienden reformas que ni siquiera entienden.
Es importante observar las consecuencias, ya que, ejercer el gobierno es duro, sobre todo cuando se trata de la fuerza pública. Hay un mundo de diferencia entre un burócrata que con un error puede provocar un procedimiento administrativo a un comandante que con una orden equivocada puede hacer que pierdan la vida varios humanos.
Hace unos días, que compareció en el Senado Omar Garcia Harfuch, tuve la oportunidad de verlo en persona y me pareció que ha empuñado un arma, que ha puesto las botas en la tierra y ha visto a sus compañeros morir y él sabe la magnitud de lo que significa ejercer gobierno.
Sin duda, siento miedo al hablar bien sobre un secretario de Seguridad, pues en un país donde el crimen es invitado a la mesa por el poder político, el halago a un funcionario que parece profesional, puede convertirse en la mancha que existe por defender a alguien en una cárcel americana.
Intentaré ser objetivo; el pasado miércoles no solo fue el secretario de Seguridad a comparecer al Senado, un fenómeno político arrobó al recinto: no solo se juntaron frente al pleno decenas de trabajadores y visitantes que querían verlo, saludarlo o tomarse una foto, sino que incluso senadores hacían fila para poder caminar a su lado y retratarse con él.
A pesar de que ha sido víctima de ataques, ningún extravagante grupo de escoltas interrumpieron las actividades, al contrario, él parecía ir solo, pero siempre acompañado por una turba de gente que solo muestra su poder. Respecto a toda la atención, Harfuch no se escondía, pero tampoco se alteraba para saludar a sus admiradores, siempre fue serio, firme, sobrio y cuando se ameritaba sonría con los labios pegados pero no modificaba su camino.
Su sola presencia provocaba la atención de los asistentes y él, frente a los diversos senadores que lo cuestionaron, mostró un sobrio interés, observando concentrado, anotando datos para su respuesta y en ningún momento se distrajo en pláticas o con su celular, siempre estuvo ahí. Llama mi atención que estando frente a él (aunque no conversé) no pude descubrir nada más allá de lo que no se observa en los medios de comunicación, en persona es como se ve en televisión.
Al terminar su comparecencia, los senadores siempre obscenamente políticos, se acercaron a él para intentar hablarle, congraciarse o mínimo retratarse, pero él sonreía nuevamente con los labios pegados, quizá decía alguna palabra y continuaba su camino hasta que se retiró.
Al salir del Senado vi un pequeño grupo de camionetas que inmediatamente salieron con él, seguido por quizá 20 a 30 Suburban, Challenger, Durango y Pick ups armadas y blindadas que progresivamente fueron saliendo de distintos rincones para acompañarlo, haciéndome entender y ver, que aunque es discreto, es un hombre que no juega.
Conocerlo fue una experiencia interesante, pero me hizo tener serias dudas con que algún día pueda llegar a la presidencia de México. Pues a pesar de su porte y seriedad, es un policía y carece totalmente de habilidades políticas, las cuales son necesarias para acordar y pactar con los grupos necesarios para llegar a la presidencia del país.
Quizá, si México llega a caer una crisis mucho, pero mucho mayor que la actual en materia de seguridad, una persona como él pueda ser un candidato natural, pero mientras que eso no ocurra, su animadversión con AMLO, la volatilidad de su actual cargo -capaz de acabar con un día de malas decisiones- y su poca habilidad política, pueden limitarlo.














