Hace algunos años, hablar de educación en México era hablar de un tema que, aunque con carencias, mantenía un sentido claro: formar ciudadanos con pensamiento crítico, conocimiento básico y amor por su país. Hoy, sin embargo, pareciera que el rumbo se ha perdido. Lo digo no como una crítica lejana ni desde la comodidad del análisis académico, sino desde la experiencia cotidiana de quien ha tenido la oportunidad de convivir, orientar y escuchar a jóvenes en distintos espacios.
He sido testigo, a través de mi acercamiento con la juventud, de cómo la educación básica ha ido dejando de lado contenidos que, más allá de ser datos memorizables, constituían los cimientos de nuestra identidad como sociedad. Hoy vemos cómo las nuevas generaciones llegan a la preparatoria e incluso a la universidad sin conocer conceptos elementales que antes eran parte del vocabulario común. No hablo de complejas teorías políticas o económicas, sino de lo que antes considerábamos cultura general: los tres poderes de la Unión, los niveles de gobierno, o los artículos más representativos de nuestra Constitución.
Recuerdo que, en mi generación, los millennials, todavía alcanzamos a vivir una educación que valoraba la formación cívica. En los primeros grados de primaria, nos enseñaban con claridad qué significaba la división de poderes, quién era el Ejecutivo, qué hacía el Legislativo y cuál era la función del Judicial. En las clases de Cívica y Ética, nos hacían memorizar los artículos 3°, 27° y 123° de la Constitución, no por simple capricho, sino porque eran considerados pilares del país: el derecho a la educación, la propiedad de la nación sobre sus recursos y los derechos laborales. Esa información, más que un requisito escolar, era una brújula ciudadana.
Hoy, en cambio, he tenido la oportunidad de participar en talleres de oratoria, impartir charlas y, desde mi trabajo, acompañar a jóvenes prestadores de servicio social y practicantes profesionales. En esas interacciones, he notado un fenómeno alarmante: cuando les pregunto cuántos poderes hay en México, son muy pocos los que responden, y de esos, menos aún los que contestan correctamente. Algunos creen que son dos; otros, que los tres poderes están subordinados al presidente. Y lo más preocupante: hay quienes ni siquiera saben que existen tres niveles de gobierno.
Algunos podrían pensar que no es grave, que son simples vacíos en la memoria o que el mundo actual exige otras habilidades más “prácticas”. Pero para mí, este desconocimiento revela algo mucho más profundo: una grieta en la calidad educativa, una pérdida del propósito formativo de la escuela. Porque cuando una sociedad deja de enseñar a sus niños cómo funciona su propio país, deja de construir ciudadanía.
La escuela no debería limitarse a ser un espacio donde se aprenden operaciones básicas o se cumplen programas por obligación. Debería ser el lugar donde se despierta la curiosidad, donde se siembra el sentido de pertenencia y se forma el pensamiento crítico. Y, lamentablemente, eso ya no está ocurriendo.
Hoy se habla mucho de nuevas pedagogías, de metodologías activas, de la educación emocional y del aprendizaje significativo. Todo eso suena bien, incluso necesario. Pero en la práctica, muchos contenidos fundamentales se han ido diluyendo en el intento de hacer las clases “más ligeras” o “menos aburridas”. Pareciera que el sistema educativo, en su afán de adaptarse, olvidó que también debe exigir. Que enseñar no es solo entretener, sino formar.
No se trata de añorar el pasado ni de pensar que “todo tiempo pasado fue mejor”. Se trata de reconocer que, mientras antes la escuela nos enseñaba a pensar, hoy muchas veces solo enseña a pasar. Las generaciones más jóvenes tienen acceso a más información que nunca, pero no saben procesarla, no saben contextualizarla. Y eso, al final, no es progreso: es confusión.
Cuando una persona no sabe cuántos poderes existen, o desconoce que el artículo 3° garantiza su derecho a la educación, no solo está ignorando un dato histórico: está renunciando a una herramienta de defensa y participación ciudadana. Por eso, no es exagerado decir que la calidad educativa está directamente vinculada con la calidad democrática de un país.
Necesitamos recuperar la esencia de la educación como acto de construcción nacional. No basta con llenar aulas, repartir libros o presumir estadísticas. Hay que volver a enseñar con propósito, a formar con sentido y a recordar que una generación sin conocimiento es una generación sin voz.
La educación mexicana no debe conformarse con producir estudiantes que pasen de grado; debe aspirar a formar ciudadanos que comprendan su país, lo amen y trabajen por mejorarlo. Y eso solo será posible cuando dejemos de romantizar la mediocridad y volvamos a exigir calidad, profundidad y compromiso en nuestras aulas.
Porque educar no es simplemente enseñar a leer y escribir. Educar es enseñar a pensar, a discernir y a defender lo que somos. Y si seguimos dejando que esos cimientos se pierdan, entonces el país que conocimos (aquel que nos enseñaron a respetar desde los primeros años de primaria) terminará siendo solo un recuerdo más en los libros de historia que, tristemente, ya nadie lee.














