El 16 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Alimentación. No es un festejo es un recordatorio incómodo. Mientras el mundo produce más comida que nunca, millones de personas siguen sin poder llevar un plato digno a la mesa. El hambre ya no es consecuencia de la escasez, sino del desequilibrio.
La paradoja es brutal. En un lado del planeta se tira la comida que falta en el otro, lo que sobra en las vitrinas termina en la basura, y lo que falta en los hogares termina siendo deuda, desnutrición o silencio. La FAO estima que un tercio de los alimentos producidos globalmente se desperdicia cada año y aun así, casi 800 millones de personas viven con hambre crónica.
En México, más del 40 por ciento de la población enfrenta algún grado de inseguridad alimentaria. Son cifras que no salen en las portadas porque no venden esperanza ni rating. Pero son reales y duelen. No en los discursos sino en los estómagos.
El hambre no solo se mide en lo que falta, también en lo que sobra. En los ultraprocesados que inundan las tiendas, en los niños que crecen sin frutas ni verduras, en las familias que comen para llenar, no para nutrir. Alimentarse dejó de ser un acto de cultura para convertirse en un reflejo de desigualdad.
El campo resiste, pero cada vez con menos manos y menos agua. El productor que siembra maíz, frijol o trigo vive al límite, entre la fe y el abandono. Mientras tanto las ciudades se acostumbraron a creer que la comida nace en el supermercado no en la tierra.
El hambre no es falta de empatía, es falta de equilibrio.
Y mientras el campo siga vacío, ninguna mesa estará completa.
#QuéCosa!














