Este 14 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Donación de Órganos, Tejidos y Trasplantes. Una fecha que no busca celebrar sino recordar que donar es un acto de amor y de continuidad.
Cada año miles de personas mueren en México esperando un trasplante, no por falta de ciencia, sino de voluntad. En hospitales públicos y privados hay corazones que se apagan mientras otros perfectamente funcionales son sepultados por la burocracia, la desconfianza o el miedo.
Hablamos mucho de empatía, pero cuando llega el momento de decidir si donamos los órganos de un ser querido, dudamos. Pensamos en creencias, en prejuicios o simplemente en no tocar lo que ya partió y en esa vacilación se pierden vidas. La donación sigue siendo un acto minoritario en un país donde la muerte se venera, pero la vida ajena se posterga.
Según el Centro Nacional de Trasplantes más de veinte mil pacientes están en lista de espera, menos del quince por ciento logra recibir un órgano, el resto se queda atrapado entre la esperanza y la estadística.
Mientras tanto hay hospitales con médicos y equipos listos pero sin donadores es la paradoja de un país que tiene fe, pero no decisión.
En México ser donador es voluntario y explícito nadie lo es por defecto. La ley exige manifestar esa voluntad en vida por escrito o mediante un documento oficial, aunque si no se deja constancia la familia tiene la última palabra.
Existen tres vías principales para hacerlo. Tramitar la tarjeta de donador voluntario en el portal del CENATRA, marcar la casilla de donador en la licencia de conducir o en la credencial del INE o firmar una carta de consentimiento. Todas son válidas pero pocas se hacen.
La Ley General de Salud es clara. Ningún órgano puede extraerse sin autorización expresa en caso de no haberla, el permiso debe venir de la familia directa. Y ahí justo en ese instante de dolor cuando la razón se nubla la oportunidad se pierde.
Aunque el ochenta por ciento de los mexicanos dice estar dispuesto a donar, menos del quince por ciento lo registra formalmente, esa diferencia entre intención y acción le cuesta la vida a miles de personas cada año.
Donar no debería ser un trámite ni un dilema moral. Es un gesto de generosidad que trasciende el cuerpo es la manera más pura de decir “aquí sigo” incluso cuando el cuerpo ya no responde.
Morir y seguir dando vida no es una metáfora, es una posibilidad real. Cada órgano donado es un pedazo de tiempo que se le regala a alguien más, un corazón que vuelve a latir, unos ojos que vuelven a ver, un cuerpo que vuelve a moverse.
La vida no siempre necesita un milagro. A veces solo necesita permiso.
Y cuando uno muere, puede darle esperanza a otros y consuelo a las familias que también esperan un milagro.
#QuéCosa!














