En México, la palabra austeridad se ha vuelto un mantra político, una especie de incienso que algunos encienden para perfumar el aire de su propia virtud. Es el discurso que todo lo justifica, la estampa moral que se imprime en los discursos oficiales y se repite con devoción: “vivimos con lo necesario”, “somos del pueblo”, “no somos como los otros”.
Pero cuando se apaga el micrófono y se cierra la puerta blindada de sus residencias, el eco de esas palabras se desmorona entre el mármol, el vino importado y las vacaciones en lugares donde el pueblo solo llega en los folletos.
No hay nada malo en el lujo. No hay pecado en disfrutar lo que el esfuerzo —cuando es legítimo— permite. El problema no está en el reloj de oro, sino en el discurso que condena el brillo mientras se ocultan los destellos en la muñeca. Lo verdaderamente obsceno no es el gasto, sino la hipocresía.
Vivimos en una república de los espejos rotos, donde la imagen pública es cuidadosamente pulida, pero las grietas son imposibles de disimular. En esa república, los autos blindados circulan por calles sin pavimento; los menús de gala se imprimen mientras en los hospitales faltan gasas; y las palabras se llenan de pueblo solo para vaciarlo en cuanto termina el acto protocolario.
El político moderno aprendió a hablar en clave moral. Aprendió que el ciudadano está cansado de los excesos, y decidió camuflar los suyos con un discurso que suena humilde, pero huele a perfume caro. El traje de lino puede ser sencillo, pero el chofer que espera en la esquina no.
La austeridad, entonces, se convirtió en espectáculo. En el teatro nacional, todos interpretan su papel: el del funcionario que viaja en clase turista —pero con el séquito que viaja detrás en ejecutiva—; el del representante del pueblo que presume desayunos con tamal y atole —pero cena con manteles largos y vino francés—. El problema no es que mientan, sino que esperan que creamos su puesta en escena.
Y ahí radica la verdadera tragedia moral: no en la diferencia de ingresos, sino en la diferencia entre lo que se dice y lo que se hace. En el intento constante de moralizar al otro, mientras se negocia la propia ética en lo oscurito. En esa doble moral que se arropa de humildad para encubrir el exceso.
México no necesita políticos pobres, necesita políticos decentes. Funcionarios capaces de sostener su palabra incluso cuando el foco se apaga. Porque la decencia no se mide en pesos, sino en coherencia. Porque un discurso vacío, aunque se vista de moral, termina sonando igual que el eco hueco de una copa demasiado cara.
El verdadero lujo —el que pocos pueden darse— es la congruencia. Esa joya discreta que no se compra, que no se presume y que, sin embargo, brilla más que cualquier anillo de poder.
Tal vez, algún día, podamos construir una república donde la honestidad no sea un lema, sino una práctica; donde el ejemplo no se dicte, sino se viva; y donde la austeridad no se use como disfraz, sino como elección.
Mientras tanto, seguimos mirando el desfile de los virtuosos de ocasión, esos que hablan de sacrificio mientras hacen cuentas en euros. Y el pueblo, siempre paciente, aplaude… sin saber si está viendo política o teatro.














