Ayer se conmemoró el Día Internacional de los Inquilinos, una fecha que recuerda la importancia del derecho a una vivienda justa y accesible. Coincide cada año con el Día Mundial del Hábitat porque hablar de inquilinos es hablar también de cómo se construyen las ciudades y de quién puede realmente habitarlas.
En México, vivir se ha vuelto una carrera de resistencia. Cada vez más familias destinan buena parte de su ingreso a pagar una renta que sube más rápido que los salarios, mientras otras intentan conservar el patrimonio que les tomó toda una vida construir.
Miles de familias rentan no por elección sino porque las viviendas “accesibles” del gobierno están en zonas tan alejadas que habitarlas resulta impráctico. Lejos del trabajo, de las escuelas y de los servicios básicos, muchas de esas casas terminan abandonadas o invadidas.
Durante las últimas dos décadas los gobiernos han presumido la construcción de más de cinco millones de viviendas de interés social, pero detrás de las cifras hay una realidad más dura, más de 650 mil casas están deshabitadas y cientos de fraccionamientos quedaron vacíos o vandalizados se construyeron casas, no ciudades.
Para muchas familias, un pequeño departamento en la ciudad aunque estrecho y caro, vale más que una casa grande en el olvido. Estar cerca del trabajo de las universidades y del transporte pesa más que los metros cuadrados.
También existe la otra cara, personas que trabajaron toda su vida vendieron una casa o un terreno para comprar dos departamentos, uno para vivir y otro para rentar. No son grandes inversionistas, sino ciudadanos que buscan sostener su vejez, hoy enfrentan leyes que limitan los incrementos de renta o juicios interminables cuando un inquilino deja de pagar.
El caso de una mujer mayor conocida como “Lady Pistolas” mostró el extremo de esa desesperación. Regresó a su casa y la encontró ocupada, los invasores alegaban haberla cuidado, ella reaccionó con violencia. No se justifica, pero refleja un dolor profundo el de perder lo que se ganó con esfuerzo.
En mi familia aprendí que cuando quieres a alguien, no le preguntas si ya llegó a su casa, le dices espero que ya estés en tu lugar seguro. Porque hogar no es solo un techo es donde uno se siente tranquilo, feliz y pleno.
El derecho a una vivienda digna no debe castigar el esfuerzo ni premiar la omisión. Hay quienes ahorraron toda su vida para dejar algo a sus hijos y quienes no lo hicieron. Un país justo debería proteger a ambos sin quitarle a uno lo que el otro no logró.
Habitar al final, no es solo un derecho es también una responsabilidad compartida y un reflejo claro de lo que somos como sociedad.
#QuéCosa!














