La voluntad y la motivación pueden caber perfectamente en una conversación, porque su manifestación es mutuamente incluyente. Pero no están seriadas. Es decir, no necesariamente se requiere estar motivado para tener voluntad. La disciplina está ligada a la fuerza de voluntad aún y cuando la motivación no esté presente. De hecho, es la fuerza de voluntad la que toma la forma de motivación, empuja hacia a la acción, mantiene el foco en la tarea, descubre la energía necesaria y la evalúa, no la genera, sólo se hace consciente de lo que es necesario y avanza en esa dirección. La voluntad no piensa en los recursos necesarios sino en el resultado esperado. Administra la conciencia para realizar las actividades que nos llevarán al objetivo de largo plazo y ni siquiera se preocupa que tan cerca o qué tan lejos se está de la meta, sólo se concentra en dar cumplimiento a la actividad que está enfocada al objetivo sin importar en qué grado de avance se encuentre.
En distintas narrativas se aborda el tema de la motivación como un elemento fundamental de la consecución de objetivos. Sin embargo, en algunas ocasiones, la motivación puede estar oscilando en niveles muy altos y en otras más por niveles imperceptibles. La voluntad está íntimamente ligada a las funciones ejecutivas ya que está implícita la función de inhibir pensamientos que distraigan la mente, ofreciendo resistencia a los impulsos que nos alejan de la actividad demandada. No necesitamos estar motivados para actuar, necesitamos estar comprometidos y entrenar nuestra fuerza de voluntad. En pocas palabras, hágalo esté motivado o no.
Entendiendo que nuestro cerebro se acostumbra a viajar a través de las rutas más conocidas y las más utilizadas, las cuales perfilan nuestra conducta. Se hace necesario crear diferentes rutas para ampliar su capacidad de navegación. Actividades retadoras, que desafíen nuestros modelos de pensamiento o nos muevan de la comodidad en donde estamos, son una excelente forma de crear nuevos senderos de actividad en nuestra mente. La creación de hábitos es una de las formas que amplían esas conexiones sinápticas. Es importante destacar que la generación de hábitos es en sí misma un hábito. Cuando generas un hábito empiezas a retar tu fuerza de voluntad. Por ejemplo, tender tu cama puede ser un hábito alcanzable, medible, visible, perfectible y útil. Tu fuerza de voluntad se calibra todas las mañanas para poder cumplir con la tarea, pero tiene la ventaja de contar con todos los elementos disponibles. Es decir, no tienes que desplazarte a ningún lugar, no tienes que esperar a que las condiciones sean propicias (puesto que todos los días amanecerá lista para que puedas tenderla), no tienes que hacer sobresfuerzos físicos, ni tienes que esperar condiciones climáticas para poder llevar a cabo tu tarea. Tienes todo a la mano.
Al anclar una rutina que favorezca nuestra respuesta conductual, estaremos en posibilidades de iniciar un nuevo proceso para generar un nuevo hábito. La selección de estos hábitos es de vital importancia, ya que de manera consiente podemos identificar las áreas sobre las cuales queremos mejorar y de este modo crear una dinámica que nos permita establecer las condiciones para desarrollar nuevos hábitos. Imagínate llegar al nivel de crear el hábito de crear hábitos.
La interpretación de la realidad juega un papel determinante en la selección de objetivos, porque la voluntad se traduce como la suma de los elementos humanos provenientes de su interior y a través de las funciones ejecutivas toman la forma de motivación, esfuerzo, compromiso, concentración e inspiración. Cuando hemos quedado cortos en la consecución de nuestros objetivos, es necesario establecer un método de prueba y medición, el cual es similar al de prueba y error sólo que intercambiamos el concepto de medición para mover el foco hacia la necesidad de encontrar el error y medirlo. Cuando interpretamos esos resultados como fracasos en lugar de verlos como obstáculos que deben superarse, nos volvemos personas con una motivación disminuida que puede derivar en estadios patológicos como la apatía (falta de sentimiento, emoción o preocupación por lago) o en su caso la abulia (falta de voluntad o iniciativa).
Corrijamos el rumbo al generar nuevos y mejores hábitos que recalibren nuestra forma de interpretar nuestra realidad y fortalezcan el músculo de la fuerza de voluntad. Seamos entusiastas buscadores de los “no” para retar nuestra frustración. Abordemos a la mayor cantidad de personas que representen una oportunidad (laboral, de amistad, estratégica, etc.) e iniciemos la conversación con un “yo quisiese si se pudiese” en lugar de hundirnos en nuestros pensamientos con un diálogo interno que diga “yo quisiese, si aún pudiese”.














