El pasado lunes se rindió el primer informe de la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien comenzó con una carga histórica que no se puede ignorar. Ser la primera mujer en encabezar el Ejecutivo federal no es un detalle menor. Pero una vez pasada la euforia simbólica, lo que cuenta es la sustancia: ¿qué tanto ha logrado? ¿En qué ha fallado? ¿Qué oportunidades tiene frente a sí?
A un año de distancia, vale la pena hacer un corte de caja sereno, sin filias ni fobias. Ni aplauso automático ni condena fácil. Sólo hechos.
Sheinbaum hasta hoy ha ofrecido una presidencia predecible. En un país acostumbrado a giros bruscos, eso no es poca cosa. Ha evitado sobresaltos, crisis políticas artificiales o enfrentamientos innecesarios. Su estilo, más técnico y menos confrontativo que el de su antecesor, ha contribuido a una mayor estabilidad.
En lo social, ha mantenido y en algunos casos ampliado los programas de transferencias directas que tan populares han sido durante la 4T. También ha dado continuidad a grandes proyectos de infraestructura, como el Tren Maya, el Tren Interoceánico o la expansión de hospitales en regiones marginadas. Su visión de Estado como proveedor activo de bienestar sigue intacta.
Pero también hay ausencias que preocupan. En primer lugar, Claudia Sheinbaum ha sido hasta ahora más gestora que líder. Su discurso ha sido contenido, pero también limitado. Evita la estridencia, sí, pero también el posicionamiento claro en temas sensibles. ¿Qué piensa del rumbo de la justicia? ¿Qué visión tiene sobre el papel del Ejército en la vida civil? ¿Cuál es su proyecto más allá de seguir la ruta de López Obrador?
Su silencio en momentos clave ha sido notorio. No ha corregido los excesos de poder de su propio partido. No ha marcado distancia de actores que la opacan o condicionan. Tampoco ha asumido con claridad que ya no es jefa de Gobierno, ni líder de campaña, sino Presidenta de un país profundamente desigual y complejo.
Además, los logros sociales no han venido acompañados de transformaciones estructurales. La pobreza laboral sigue siendo alta. El empleo informal no cede. La política social ha evitado el colapso, pero no ha generado movilidad. En lo económico, el crecimiento sigue siendo lento, y los grandes proyectos de infraestructura todavía no detonan desarrollo regional como se prometió.
Y en el frente judicial, la propuesta de elección popular de jueces parece más un riesgo que una reforma seria. La participación en la consulta fue baja. El debate fue mínimo. Y lo que está en juego es nada menos que la independencia del Poder Judicial.
Lo que sigue dependerá de ella. Tiene capital político, altos niveles de aprobación y una mayoría legislativa que muchos presidentes envidiarían. No tiene una oposición real que la presione. No tiene un Congreso que le frene iniciativas. Tampoco puede alegar herencia adversa: ha sido parte central del actual proyecto de gobierno.
Eso la deja sin pretextos.
Puede corregir el rumbo de temas sensibles como la militarización, la justicia o la autonomía institucional sin que eso implique ruptura. Puede apostar por una política industrial seria, por una reforma fiscal progresiva o por una estrategia de seguridad con enfoque ciudadano. Puede, en resumen, construir una presidencia propia.
Pero para eso tendrá que asumir algo que aún no se atreve del todo: que ya no es parte del legado de otro, sino responsable del suyo.














