El cuidado de la vida no aparece en los balances financieros, pero sostiene a toda la economía. Cocinar, limpiar, criar, atender enfermos y adultos mayores son tareas invisibles, poco reconocidas y casi siempre femeninas. No es percepción son cifras, según la CEPAL, en América Latina el trabajo de cuidados no remunerado equivale hasta el 20% del PIB más que lo que generan sectores completos como la industria manufacturera.
México no es la excepción. El Inegi estima que el valor económico del trabajo no remunerado del hogar supera el 24% del PIB y que 7 de cada 10 horas de cuidado las realizan mujeres. Eso significa que la economía mexicana descansa en una labor que ni se paga ni se reconoce.
Mientras tanto, el debate internacional avanza. En España, la ley de dependencia reconoce apoyos públicos para familias y cuidadores. En países nórdicos como Suecia o Dinamarca, el Estado invierte de forma directa en redes de cuidado infantil y de adultos mayores, liberando tiempo y dando oportunidades de empleo a las mujeres. En Japón, el envejecimiento acelerado obligó a crear programas de cuidados comunitarios financiados por el gobierno.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos acaba de dar un paso histórico al reconocer que el cuidado es un derecho humano. Un recordatorio contundente no es un tema privado ni un favor doméstico, es un asunto público que define el futuro porque sin cuidados no hay salud, no hay economía y no hay democracia posible.
La escultura que circula en redes -la mujer cargando electrodomésticos y niños- no es metáfora exagerada es diagnóstico visual. Esa montaña de trabajo silencioso es desigualdad y mientras no entendamos que cuidar es una responsabilidad común, seguiremos sosteniendo el presente sobre un modelo injusto e insostenible.
El día que repartamos la carga y lo asumamos como política pública, habremos dado un paso hacia una humanidad más digna. Hasta entonces, lo que existe es deuda social.
#QuéCosa!














