Durante varias décadas, El Salvador estuvo sumergido en una violencia tan desbordada que, en su etapa final, parecía superar al gobierno en absolutamente todo. Los periódicos internacionales reportaban que en El Salvador no solo se cobraba piso a quienes tenían negocios, sino que la gente huía del país porque les cobraban incluso por permanecer.
El joven presidente, que se mostró ante el mundo por primera vez con un discurso en las Naciones Unidas a favor del uso de la tecnología y de la necesidad de renovar el mundo, tomó cartas en el asunto y, con gran valentía, se enfrentó a la Mara Salvatrucha. Como nos gustaría que otros presidentes latinoamericanos se enfrentaran así a los grupos delictivos de sus países.
Después de un fin de semana con mucha violencia, la policía comenzó a arrestar a todo aquel que tuviera tatuajes alusivos a pandillas. Las cárceles, que antes eran un lugar de privilegio para los pandilleros, se convirtieron en un verdadero infierno para quienes su piel los delataba.
Ahora el mundo veía imágenes de pandilleros semidesnudos, amarrados y sometidos, alineados frente a policías que, antes, parecían estar a su servicio. El joven presidente se había convertido en el domador del gran problema de El Salvador, provocando una notable disminución de la violencia y retomando el control del país.
Durante los primeros meses de este protocolo, los aplausos hacia El Salvador se multiplicaron por la valentía con la que enfrentaban un problema que afectaba a todas y todos. Sin embargo, meses después comenzaron a surgir dudas sobre el método: el debido proceso no existió para muchas de las personas que hoy se encuentran en prisión, y la posible violación de derechos humanos se convirtió en un nuevo foco de atención.
En un primer momento, toda crítica era fácilmente enfrentada con una lógica presidencial tajante: “Si tanto los quieren, se los mandamos y quédense con ellos”. Pero, poco a poco, El Salvador ha encendido una nueva alerta: la posibilidad de una dictadura que ya se vislumbra en el horizonte.
Aunque la Constitución no lo permitía, Bukele ya atravesó un proceso de reelección que atrajo las miradas del mundo por la posibilidad de que se perpetúe en el poder. Hoy, el Congreso ha votado a favor de permitirle volver a ocupar la silla presidencial, y aquel joven mandatario de finos trajes, ahora usa una extraña vestimenta y parece haber pasado de ser el salvador de su país… a convertirse en su nuevo problema.
El caso de este país es digno de estudio, porque así como otros mandatarios han iniciado proyectos valientes y necesarios que les han valido aplausos, también pueden, poco a poco, convertirse en dictadores, convencidos de que el bien que una vez hicieron justifica su permanencia. Como dijera alguna vez Porfirio Díaz:
“He esperado pacientemente a que el pueblo mexicano pueda elegir a sus representantes.”














