Me recuerdo en 2017, harto y cansado de un gobierno que me parecía superficial y apático, como el de Enrique Peña Nieto. Admito que, si hubiese sido un poco más grande, no solo habría votado, sino que habría hecho campaña en favor de López Obrador, pues creía apasionadamente que él era un hombre bueno que sacaría a los hombres malos del poder.
Hoy, nos acercamos a la década de un nuevo gobierno, que prometía ser diferente hasta en la forma de caminar, y con mucho dolor en mi corazón, admito que un gobierno de “buenos funcionarios” le quitó el poder a “la mafia del poder”, pero solamente el mismo régimen cambió dramáticamente de rostro.
En los curules siguen sentados legisladores que defienden una línea, pero no el interés popular, y se ganaron su lugar por obedientes o por millonarios. En los estados, los caciques siguen dictando la agenda de todos los días, y en las altas esferas de la política se sigue disfrutando de las mieles del poder en palacios donde no se escuchan las calles.
Me preocupa que todo esto siga pasando, quizá con alguna modificación en la forma, pero ahora con el permiso del pueblo, que no ha sabido ver que “la esperanza de México” resultó otro eslogan vacío, o López Obrador, otro falso profeta.
Querido lector, le pido me crea: este artículo no pretende venderle otro color ni nuevos rostros. Hoy, un Partido Acción Nacional que, tibio, ha guardado silencio frente a escándalos como el de Adán Augusto López, y un Revolucionario Institucional que desde hace mucho necesita un cambio de dirigencia, no me parecen una mejor opción. Este artículo tiene el objetivo de hacer que las vendas que cubren nuestros ojos caigan, y nos demos cuenta de que, en la política actual, no hay buenos ni malos: todos nos han traicionado.
Nuestra lucha no debe ser por defender a otro presidente paternalista que promete que, al tener la banda presidencial en su pecho, todo cambiará, sino por cambiar la cultura política de México y caminar hacia un mañana donde los servidores públicos sirvan y los ciudadanos hagan de la democracia una forma de vida. Un mañana donde exista una sinergia entre gobernantes e intereses de los gobernados, pues, de no hacerlo, nada cambiará.














