“El hombre excelente es el que se exige mucho a sí mismo, y el hombre vulgar el que no se exige nada.” - José Ortega y Gasset.
Cuando hablamos de las leyes, consideramos esos mandatos que deben cumplirse o sancionarse su incumplimiento, por ello, se afirma que las leyes son coercitivas, es decir que el poder público puede ejercer fuerza y hasta violencia para hacer cumplir las leyes.
Con esta idea, pensemos en las características que en el mundo han logrado vencer la inseguridad. A primera vista tenemos dos ejemplos claros y sostenibles: Nueva York con el Alcalde Rudolph Giuliani y su estrategia de Cero Tolerancia y la estrategia de estado de excepción de Nayib Bukele.
En ambos casos, se ha alzado el parámetro conductual permitido, cero tolerancias implicó, no tener que llegar a los excesos que plantea la ley como delito, para entonces y solo entonces poner a funcionar al poder público a resolver o resarcir daños.
Y es claro que el cero tolerancia no llegó solo contra el ciudadano, sino especialmente contra el funcionario de medianos resultados.
Si el funcionario no está teniendo un desempeño sobresaliente, es porque su acción es mediana o regular para decirlo con un eufemismo y sin tener que llegar a las expresiones preferidas por José Ingenieros.
Veámoslo de otra manera, en una sociedad ordenada, no se permite que alguien tire basura en la calle, pero tampoco se permite que una carretera mantenga un pésimo estado que pone en riesgo la vida de los habitantes.
La intolerancia al desempeño mediano, debe ser bidireccional, porque si solo se persigue a la sociedad, pero no al mismo poder público cuando se desvía del camino de la ley o de la ética profesional, entonces nada funciona tampoco.
El poder público debe mejorar los parámetros para calificar la conducta sancionable primero de su propio desempeño.
El exceso de tolerancia nos ha llevado como pueblo a permitir abusos inconcebibles, ya sea por miedo o por desconocimiento de los derechos colectivos, es tiempo de exigir excelencia.
Se piensa que por ejemplo aumentar las penas, es suficiente y la experiencia ha mostrado una y otra vez que no es así, no es suficiente la cantidad, pero seguramente la calidad sí puede generar cambios. Pero para hacer cambios en la calidad de las leyes y los servicios públicos, ahí sí, es indispensable la evaluación continua, la calificación desde la sociedad de lo que se recibe como servicio público.
“Gobernar es rectificar. Si tú, como gobernante, das el ejemplo de la rectitud, ¿quién osará no ser recto?” - Confucio.














