En Morelos se vuelve a hablar del transporte público. Otra vez. Que si un nuevo sistema, que si el proyecto Morebús, que si el reordenamiento. Palabras. Planes. Promesas.
Pero mientras eso ocurre, miles de personas siguen esperando media hora al sol, pagando dos pasajes para llegar a casa o subiendo a un camión sin frenos con una estampita que dice “Dios me cuida”.
Según datos del INEGI, en Morelos más del 50% de la población trabajadora depende del transporte público para sus traslados. Y sin embargo, el sistema que existe no alcanza, no conecta, no funciona. El problema no es solo la falta de unidades. Es un modelo urbano mal pensado, hecho desde arriba.
La idea del Morebús no es nueva. Viene de hace más de una década, copiado de esquemas exitosos en otras ciudades. Pero una cosa es Bogotá y otra, Jiutepec. Una cosa es el PowerPoint y otra, la avenida Plan de Ayala a las 7:30 de la mañana.
Quién diseñó el nuevo plan. Cuántos usuarios reales fueron consultados. Qué papel jugarán los concesionarios actuales. Qué garantías hay de que el sistema no termine siendo otro elefante blanco con carriles pintados pero sin alma.
Porque mover a Morelos no se trata solo de infraestructura. Se trata de entender cómo se vive el transporte público en una tierra desigual. Se trata de reconocer que la movilidad también es justicia social. El derecho a llegar, a tiempo y con dignidad.
Preocupa que sigamos importando soluciones como si bastara copiarlas, sin detenernos a pensar si tienen algo que ver con nuestra realidad. Como si el modelo viniera enlatado, con manual incluido y sin escuchar a nadie.
Si de verdad quieren transformar el transporte, empiecen por algo simple. Escuchen a los que sí se suben al camión. Ellos tienen más diagnóstico que muchos expertos de escritorio. Y menos tolerancia a los discursos reciclados.
Porque mover unidades es fácil
Lo difícil es mover conciencias
Y eso no lo hace ningún autobús articulado.
#QuéCosa!














