A propósito del anuncio de la eliminación del Instituto Morelense de la Mujer en estos días he pensado mucho en las instituciones. No en su forma, ni en los edificios ni en los cargos. Sino en eso más delicado y más profundo: lo que representan.
El Instituto Morelense de la Mujer ha sido, por años, más que un organismo. Ha sido ese rincón donde muchas encontraron escucha, donde la palabra “género” no era un adorno en el discurso, sino una urgencia que latía en cada expediente, en cada llamada, en cada acompañamiento.
Y ahora, frente a su desaparición como figura jurídica, me he preguntado si el cambio será solo eso: un cambio de nombre, de estructura, de organigrama… o si también se irá apagando poco a poco esa voluntad institucional de mirar a las mujeres en su especificidad, en sus historias, en sus dolores, en sus resistencias.
No tengo respuestas absolutas. Y tampoco quiero que esta reflexión se lea como un reclamo. Más bien, como una pregunta en voz alta. Una pregunta que nace desde la esperanza de que los cambios que si bien a veces inquietan también pueden significar oportunidades para mejorar, para corregir errores, para ampliar los alcances.
Tal vez la nueva Secretaría de la Mujer logre integrar con más fuerza las acciones necesarias. Tal vez tenga mayores recursos, más interlocución, más brazos para llegar a donde antes no se llegaba. Ojalá. Porque la necesidad está ahí, intacta. En las colonias, en las fiscalías, en los centros de salud, en las escuelas, en los silencios que todavía duelen.
Yo no quiero que desaparezca ninguna instancia que mire a las mujeres. Al contrario, deseo más. Deseo que existan muchas, y que trabajen juntas. Que haya diálogo, continuidad, respeto a las trayectorias construidas, y sobre todo, que se escuche a quienes han estado haciendo este trabajo desde hace décadas. Las instituciones no son solo ideas: están hechas de mujeres que las sostienen, de redes tejidas con cuidado, de luchas que no caben en un decreto.
No quiero una institución para las mujeres, quiero instituciones con mujeres. Con nuestras voces, nuestras propuestas, nuestras urgencias. Y si el camino es una transformación institucional, que sea con nosotras, no sobre nosotras. Que no se borre lo logrado, sino que se tome como base.
A veces los cambios asustan. Pero otras veces, también abren puertas. Ojalá ésta sea una de esas veces.














