Hace unos días, mientras esperaba el transporte rumbo a una oficina gubernamental, escuché a una mujer decir al teléfono: “Pues si no consigue chamba, que se meta de maestra. Total, ahí sí contratan a cualquiera”. Esa frase, soltada con descuido e ignorancia, me estrujó el pecho. Me dolió como ciudadana, como hija de un sistema educativo público que hizo lo que pudo con lo que tuvo, pero sobre todo, me dolió como mexicana.
En este país, los maestros —sí, esos que nos enseñaron a leer, a contar, a no rendirnos— han sido sistemáticamente ignorados, precarizados y, en no pocos casos, criminalizados. Pasaron de ser los pilares morales del pueblo a convertirse en cifras, en expedientes administrativos, en memes de redes sociales. Se les exige excelencia pero se les paga miseria. Se les carga la patria en los hombros, pero se les niega el piso firme para caminarla.
Hablar de la labor docente en México es hablar de jornadas interminables frente a grupos numerosos, en aulas sin ventilación y con techos que apenas sobreviven a la temporada de lluvias. Es hablar de hombres y mujeres que llegan en moto, en bicicleta o caminando kilómetros porque el transporte no alcanza o simplemente no hay. Es hablar de aquellos que pagan de su bolsillo el papel, los plumones y hasta el internet para preparar sus clases. Es también, y no se olvida, hablar de los maestros rurales que cargan libros en la espalda y cruzan ríos para llegar a una comunidad donde no hay luz, pero sí sed de aprender.
Y aún así, los vemos todos los 15 de mayo con flores y aplausos, como si un diploma de reconocimiento bastara para compensar la injusticia estructural que arrastran desde hace décadas. Nos encanta celebrar al maestro con discursos huecos, pero evitamos discutir lo importante: su salario, sus derechos laborales, su salud mental, su seguridad, su formación continua.
Lo diré sin rodeos: ningún país puede aspirar al desarrollo si trata con desprecio a quienes enseñan. No se puede exigir excelencia educativa mientras se recorta el presupuesto a las normales, mientras se improvisan reformas educativas desde escritorios lejanos a las aulas, mientras se hostiga sindicalmente a quienes alzan la voz.
Tampoco se puede hablar de transformación cuando el docente sigue siendo carne de cañón para discursos políticos. En cada sexenio, los usan como estandarte o como chivo expiatorio, según convenga. Se les promete capacitación, equipo, dignificación… y al final, lo único que se les entrega es incertidumbre.
No es casualidad que muchos jóvenes ya no quieran estudiar para ser maestros. La vocación no basta cuando el sistema te hace sentir prescindible. Y aun así, hay quienes resisten. Hay quienes, contra toda lógica, siguen creyendo que educar es una forma de esperanza. Ellos merecen más que flores una vez al año. Merecen respeto, certeza laboral, salarios dignos, prestaciones completas, capacitación actualizada y condiciones que les permitan enseñar sin enfermarse en el intento.
Hoy, mientras escribo esto, pienso en todos esos profesores que se despiertan a las cinco de la mañana no para llegar temprano, sino para preparar la clase que quizá cambie la vida de uno solo de sus alumnos. Pienso en quienes enseñan con una cartulina porque no hay computadora, en quienes se quedan horas extra para escuchar a una niña que tiene miedo de volver a casa. Pienso en quienes, con un sueldo de 9 mil pesos mensuales, hacen malabares para educar a los hijos de los demás mientras apenas pueden con los suyos.
No hay reforma educativa que funcione si no se empieza por lo básico: reconocer que sin maestros no hay futuro. Y que respetarlos no se grita, se demuestra.
Hoy más que nunca, México necesita dejar de ver a sus docentes como mártires silenciosos y empezar a verlos como lo que son: agentes del cambio, defensores del conocimiento, constructores de país.
Y que se escuche claro: no se trata de regalar privilegios, sino de saldar una deuda histórica. Porque ningún maestro debería tener que elegir entre enseñar o sobrevivir. Porque si a ellos les va bien, a México también.














