Dicen que en política, los primeros cien días no definen el futuro, pero sí anuncian la dirección. Si bien, no son una sentencia definitiva, estos días sí representan una radiografía temprana de lo que una administración quiere (o puede) hacer. En Morelos, el reloj ha avanzado lo suficiente para hacernos una idea clara de hacia dónde caminan los nuevos gobiernos municipales, y más importante aún, hacia dónde no caminan algunos.
Es verdad que, cien días parecieran apenas un suspiro frente al enorme reto que representa gobernar un municipio con múltiples carencias, pero también es cierto que, es tiempo suficiente para mostrar voluntad, sentido de urgencia y compromiso. No hablamos de resolver décadas de abandono en tres meses, pero sí de empezar a mover piezas, priorizar con ética y mandar señales claras de por dónde va la cosa.
Basándonos específicamente en nuestro estado, un ejemple que bien vale la pena resaltar en el análisis de estos primeros cien días (no por simpatía política, sino por hechos verificables) es Jiutepec. Esta demarcación ha decidido no perder el tiempo en frivolidades ni escudarse en la narrativa de la “herencia maldita”. Al contrario, se han puesto manos a la obra en temas que importan y que realmente impactan en las vidas de los ciudadanos. En estos primeros cien días, Jiutepec ha demostrado que cuando hay voluntad, hay resultados.
Cuando hablo de hechos verificables, podemos comenzar por hablar de la recuperación de espacios públicos. Lejos de prometer megaproyectos inviables, se han dedicado a rehabilitar avenidas tan importantes para la vida de miles de ciudadanos, como lo es el boulevard Cuauhnáhuac; espacios comunitarios de recreación para todas las edades, desde los comedores comunitarios, hasta una casa de día; con el claro objetivo de regresar la vida a las colonias.
En materia de seguridad, que a todos nos preocupa, podemos ver ejemplos claros en el reforzamiento de programas de seguridad vecinal, incluyendo la identificación de espacios conocidos como puntos rojos a través de marchas exploratorias y por supuesto la dignificación de elementos de seguridad pública, que no solo reciben mejores prestaciones, si no que son vistos desde enfoque de derechos humanos.
Además, Jiutepec ha apostado por un gobierno de puertas abiertas. Han retomado los ejercicios de audiencias ciudadanas, en donde el propio presidente municipal escucha, responde y da seguimiento a lo que se le plantea.
Ahí están los verdaderos cambios, en algo tan básico como escuchar, y es que, en ese contacto directo se va reconstruyendo la confianza que, en gran parte de los municipios de este país, se ha perdido casi por completo.
Pero no todo es entusiasmo. Los contrastes entre municipios son también brutales.
Hay alcaldes y alcaldesas que asumieron el cargo como si se tratara de una concesión personal, más que de una responsabilidad pública. En algunos municipios, la presencia del gobierno es tan discreta como su cuenta oficial de Facebook. Nada pasa, nada se informa, nada se mueve. A cien días, siguen instalando oficinas, tomando fotos con funcionarios estatales y prometiendo diagnósticos. ¿Diagnósticos? ¡El tiempo de diagnóstico ya pasó! La gente quiere acciones.
También hay quienes llegaron con discursos de transformación pero en la práctica, revivieron viejas prácticas: nóminas abultadas, amiguismo descarado y opacidad total. Más de uno se ha dedicado a gobernar para su grupo político, olvidando que el mandato que recibieron fue del pueblo, no de su padrino electoral.
Y ojo, la gente lo nota. Porque si algo ha cambiado en los últimos años es la capacidad de las y los ciudadanos para mirar con lupa. En cada calle sin alumbrado, en cada servicio deficiente, en cada funcionario prepotente, la gente lee el mensaje completo: o no pueden, o no quieren. Y cualquiera de las dos opciones es inadmisible.
Cien días son apenas un punto de partida, sí. Pero también son una prueba de fuego para los gobiernos locales. No se trata solo de informes bonitos ni de ruedas de prensa llenas de adjetivos. Se trata de mirar con seriedad, desde lo cotidiano, el rumbo que va tomando cada administración.
El tiempo apremia. Y las señales ya están sobre la mesa.














