Así como toda sociedad requiere buena educación, también necesita de un buen periodismo, no de ese periodismo que se hace de los chismes, que vive de lo que le pagan los funcionarios e instituciones a las que defiende a ultranza y ataca a los que considera enemigos; sin razonamiento, sin argumentos, solo odio, nada útil.
Los lectores deben aprender a elegir y diferenciar entre lo que es verdad y lo que es solo una mentira. Diferenciar entre el tipo de lenguaje empleado, independientemente de quién lo emita. Aprender a eliminar la construcción de odios y el lenguaje misógino, mientras se alienta el lenguaje constructivo que impulsa a mejorar.
Sabemos que hay buen periodismo cuando se enfoca en eso que la sociedad quiere saber, lo que necesita y le es funcional; en cuanto al poder público, cuando cubre aquello que permite medir metas y resultados; y en cuanto a la ciencia, aquello que sea aplicable a resolver problemas.
Un buen periodismo construye, no se dedica a tratar de destruir con mentiras y barbaridades. El mal periodismo es como los gritos de quienes viviendo en el fango o el infierno quisieran que los otros descendieran a su nivel. Mi consejo para quienes son atacados por el mal periodismo, es que sigan su camino de idealismo, de transformación social y olviden los chillidos venenosos de quienes no tienen más que ofrecer que ofensas.
El mal periodista es como el mercenario cuya arma es una lengua poco preparada pero altamente rasposa, con filos para tratar de hacer daño. Un buen periodista, como buen profesionista, ha de llevar a la sociedad a estados de bienestar, fraternidad, amor y comprensión, así como de propuestas inteligentes. El buen periodista debe evitar los planteamientos ciegos, llenos del voraz odio de la envidia o del pago de esos, a quienes ha elegido como mecenas y que le envían a escandalizar.
"Donde hay poca ética hay mucho escándalo, y donde hay mucho escándalo hay poco periodismo".
—Miguel Ángel Bastenier














