Me encanta caminar por los pasillos del Senado, maravillarme cada que entro al Pleno de la Cámara de Diputados, sentir la tensión de las conversaciones entre senadores y ver los destellos de alta política que de pronto aparecen entre los políticos de carrera, pero debo admitir, que cada vez el Legislativo, parece una oficialía de partes, -que con unos pasos extra- solo sella aprobado en todo lo que pasa frente a su mesa.
¿De qué sirven 128 senadores, 500 diputados, todos los miles de millones que cuesta tenerlos y elegirlos? Si al momento de debatir, de meter manos en los dictámenes a negociar, se limitan a levantar la mano y dar un discurso que solo escuchan los 4 asesores que lo escribieron, pulieron, grabaron y promocionaron.
Y es que en México, el votar en contra de lo que diga tu partido no es parte de la normalidad, es una declaración de guerra y la crónica de una expulsión anunciada, no tenemos la cultura de la diversidad política y burdamente sabemos que, si en las elecciones, un partido obtuvo tantos legisladores, tendrá la misma cantidad de votos.
Y soy consciente, que la disciplina partidista no es nada nuevo en este país, el partido hegemónico que gobernó por tantas décadas hizo de esa línea, una ley no escrita, que ha resonado tanto, que hoy en el Senado, los logos de los estados están más lejos del Salón de Plenos que las oficinas más próximas, la de los partidos políticos.
Sin embargo; justamente el partido en el poder, parecía ir en contra de esas prácticas, pero en cambio ha impedido que a los dictámenes se les pueda cambiar una coma en cualquier punto del Legislativo y pobre de aquel, que pudiese atreverse a votar en contra de lo que era la línea de Morena, pues estaría prácticamente fuera del partido.
Estas prácticas, le quitan toda la legitimidad al Legislativo, lo vuelven un circo en donde se busca hacer la mayor cantidad de ruido para justificar su existencia antes de hacer caer con fuerza el sello de aprobado, cuando debería ser un brazo fundamental, que le dé la esencia “del pueblo y del federalismo” a las leyes que bajan de la oficina presidencial.
¿Cómo cambiarlo? Para hacerlo, sería necesario algo casi imposible, un Presidente que esté dispuesto a hacer de la disidencia una cultura aceptable, que incentive el diálogo entre sus legisladores y no castigue con furia un voto en contra, si no busque negociaciones con alta política, México necesita un líder, que permita que el pueblo a través del Legislativo, se vea representado en las leyes.














