Por: Eric García
Los carnavales y su relevancia en el contexto histórico cultural, han venido a menos desde hace algunos años. Por un lado, hemos perdido el interés por preservar la esencia de la celebración, concentrándonos en la oportunidad para el exceso, para la celebración inmoderada, como una oportunidad para la acción inicua con supervisión mínima. Por otro lado, las artesanías cada vez menos valoradas y la necesidad de una derrama económica que no siempre beneficia a los lugareños, sino a sectores particulares y de dudosa reputación.
Nos sentimos por demás orgullosos de nuestros carnavales coloridos y con una muy añeja tradición. Vemos una oportunidad para desestresarnos y atender nuestros impulsos de diversión, entretenimiento a través de un ejercicio catártico. Pero sabemos lo peligrosos que ello puede resultar, ya que la mayoría de las veces se privilegia el consumo, la derrama de dinero sin poner cuidado alguno en la calidad, limpieza o volumen de los productos que ahí se expenden. Además, que sirve de inhibidor social ya que las conglomeraciones nos ofrecen una oportunidad de ser incognitos para incurrir en ciertas prácticas que nada tienen que ver con el decoro, la colaboración e incluso una conducta saludable que respete el espacio vital de los demás y la inocuidad de sus fachadas. Nos atrevemos a ser inapropiados porque, según nosotros, la muchedumbre no lo notará.
Y es aquí donde encuentro la coincidencia en el llamado a la moderación y que lo expresé en mi artículo “La preferencia de la indiferencia” (nov 2024) y cito:
“…Podemos adquirir mejores alternativas, aunque no siempre mejores materiales al incorporar elementos actuales a nuestros carnavales. Aquí lo relevante es que podamos conservar la esencia de la tradición, que permita la transmisión intergeneracional. Que esa trasmisión no se transgreda. Que sea adquirida por las nuevas generaciones con el mismo sentido de servicio. Que ponga de manifiesto los valores cívicos como el profundo respeto a nuestros vecinos, la solidaridad comunitaria, la colaboración desinteresada y el sentido de pertenencia. Todo esto a través de una coordinación práctica que permita el acceso turístico, sin descuidar la tradición. Es decir, creando espacios y ambientes que inviten a dejar las calles limpias, sin los vestigios de una festividad absorta en el consumismo que le da igual si es su fachada o no la que se ha perjudicado por prácticas poco saludables…”
Me resulta por demás atractivo ver las calles vestidas de diferentes colores y con la música de la región a todo lo que da. Pero es menester tener conciencia social para conducirnos de manera que no afectemos a los demás con imprudencias en el festejo, con pirotecnia controlada, con recolección de desechos sólidos, con sanidad en el entretenimiento, con moderación en la convivencia.
Es una acción que nos eleva el espíritu y nos consuela de a poco. Es una dinámica que nutre nuestra volición. Nos invita a la reflexión sobre la jerarquía familiar, el apego seguro a nuestros mentores. Es un abrazo de amor propio, un lenitivo a los pesares de la ajetreada vida. Es una reconciliación con la pérdida de sentido, esa identificación en el marco de la estructura social que nos vuelve resilientes. Es una invitación a la trascendencia por medio de honrar los principios y valores adquiridos mediante la convivencia y formación.
Ante la alternativa del respeto o la entrega al placer de la inmediatez, prefiramos ser corteses y respetuosos de lo que celebramos y la forma en como lo hacemos. Realicemos la tradición en su justa dimensión, sin dobles intenciones, buscando la integración de las personas y evitando los fanatismos. Hagamos de esta celebración carnaval y fantasía














