Un fantasma recorre América: no es el comunismo, tampoco la derecha, sino el fantasma de los Estados Unidos.
A Donald Trump no le importa el bienestar de Latinoamérica ni el desarrollo de las naciones al sur. Le interesa que, en la reestructuración del mundo, el imperio en decadencia que hoy maneja tenga el control absoluto de su vecindario, ante la evidente realidad de que hoy ya no es el dueño absoluto del mundo. Y hace todo esto mientras busca extraer todos los recursos que hoy necesita, como petróleo o tierras raras.
La intervención de Estados Unidos se observa en el abrazo a aliados completamente doblegados, como Ecuador, Colombia y Argentina; en el ahorcamiento a los que, sin ser contrarios, oponen algún tipo de resistencia a sus descabelladas demandas; en acciones violentas en contra de países como Venezuela; y en el intento, por vías electorales y políticas, de colocar a líderes cercanos a sus intereses económicos.
A mi parecer, el fracaso del movimiento de izquierda que llegó al poder durante la última década y la presión de Estados Unidos han provocado que la derecha avance de manera preocupante. Hoy son pocos los países no alineados con Trump de manera total, y uno de ellos, Cuba, vive un acoso constante y ni siquiera tiene el petróleo suficiente para iluminar sus ciudades.
Hace algunas semanas, Brasil se acercaba a las elecciones que, entre otras cosas, definirían a su presidente. Uno de los candidatos era Lula da Silva, quien buscaba su reelección, representaba a la izquierda y defendía un plan de gobierno que limitaba la relación con Estados Unidos. Venía de llevar a las Naciones Unidas un argumento: la capacidad de la organización para proteger a los vulnerables estaba en un mínimo histórico.
Su competencia era Flávio Bolsonaro, hijo del hoy preso expresidente Jair Bolsonaro, quien terminó su mandato sin reconocer su derrota y cuyos aliados tomaron el Congreso de Brasil días después. Años más tarde, fue condenado por intentar llevar a cabo un golpe de Estado. Las propuestas de Flávio apuntaban a una mayor cercanía con Israel y Argentina, a una incorporación a la política estadounidense de tratar a los cárteles como terroristas y a recrear el sistema de cárceles que se lleva a cabo en El Salvador. Por supuesto, con una cercanía con el presidente Trump.
En la primera vuelta de esta elección, Bolsonaro obtuvo un mayor porcentaje de votos que Lula; sin embargo, no logró obtener más del 50 % de los votos válidos, por lo cual se fue a una segunda vuelta, que ocurrió el domingo y en la que Lula obtuvo, de manera cardiaca, una ventaja de 3.58 puntos porcentuales sobre Bolsonaro.
La diferencia era muy poca: suficiente para decir que Lula obtiene un país dividido, pero suficiente para poder declarar un ganador y confirmar que Lula ejercerá por cuarta ocasión la presidencia de Brasil.
Como ya está de moda, Bolsonaro, como perdedor, no reconoció su derrota; al contrario, acusó un fraude. Pero hoy Lula es el presidente reelecto de Brasil.
No sé si me emociona que Lula da Silva haya ganado. No lo conozco lo suficiente como para emitir una opinión; hay aspectos que me causan intriga, pero debo reconocer que me alegra pensar que Trump verá en esto una derrota. Es una derrota para el modelo del saqueo latinoamericano, donde se abraza al líder que entrega, pero se maltrata al migrante que lucha; donde se saca el petróleo y la riqueza sin la más mínima vergüenza o consecuencia. Me gusta que haya perdido la forma de gobierno que usa el odio como gasolina y que miente por costumbre.
Es cierto que quizá, con Lula en la presidencia, no disminuya la pobreza, pero estoy seguro de que, con Bolsonaro, la pobreza se mantendría igual, pero disminuiría la libertad y aumentaría la opresión.
Me da gusto que una forma de gobierno que ponga límites y confíe en sí misma haya ganado en esta ocasión.

