Lo que empezó hace algunas semanas como una protesta estudiantil que denunciaba un sistema educativo decadente y exigía que el gobierno mejorara las condiciones educativas se ha transformado en una protesta de cientos de miles de personas, en decenas de ciudades, que ha atraído la atención del mundo y resultó la semana pasada en una nueva toma de la Bastilla. ¿Qué está pasando?
Desde hace algunas semanas, estudiantes han salido a las calles de Francia para denunciar que las instalaciones donde toman clases no son aptas, que las clases están abarrotadas, que los profesores no se dan abasto y por lo tanto se sienten preocupados sobre su futuro.
Al enfrentarse estas protestas a una represión policial intensa y a críticas por parte del gobierno, y encontrar empatía por parte de la gente, pasaron de centrarse en un tema educativo a expresar un descontento generalizado contra el gobierno, al cual se han sumado distintos sectores de la población, llenando plazas y poniendo en duda el futuro político y económico de Francia.
Podría pensarse que las fallas en un servicio público podrían solucionarse con una mayor inyección de capital por parte del Estado al sector educativo; sin embargo, es ahí donde la crisis obliga al gobierno francés a enfrentarse a un reto aún mayor: la falta de capacidad para pagar esas mejoras.
El gobierno francés lleva años gastando más de lo que gana, lo que ha provocado que hoy tenga una importante deuda que solo aumenta debido al estado de bienestar que intenta mantener —y que políticamente tampoco le sería fácil cambiar—, en el que el precio de proveer educación, salud y pensiones representa un alto gasto para el gobierno.
Electoralmente, las protestas se ubican seis meses antes de una elección presidencial en la que la ultraizquierda y la ultraderecha francesas se disputan el poder, y en la que existe la posibilidad de que recurran a promesas imposibles para conseguir el voto de una sociedad que hoy demanda el cambio.
Mientras tanto, el gobierno francés tiene frente a sí un reto magno: mejorar las condiciones de un servicio público sin afectar aún más las finanzas de la nación.
Mientras tanto, considero que México y el gobierno actual tienen algo que aprender de una Francia que entregó apoyos y subsidió servicios sin la responsabilidad hacendaria necesaria. El Estado mexicano debe ser prudente con las becas, programas y apoyos que son una base del partido en el poder, pero que podrían convertirse en una carga generacional si no son tratados con la suficiente responsabilidad.