“…La aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos disfruten de la libertad de palabra, de creencias, y de la liberación del temor y de la miseria.” Declaración Universal de los Derechos Humanos, preámbulo, 1948.
Hay una manera de dormir que casi nadie recuerda ya cómo se siente: sin la puerta con doble vuelta, sin el oído atento al primer ruido de la calle, sin ese sobresalto pequeño que se cuela entre sueño y sueño. Dormir así, entero, sin vigilancia, es uno de los lujos más antiguos y más olvidados del ser humano.
Vivir sin miedo es caminar de noche pensando en otra cosa. Es que un hijo salga y uno no calcule, por instinto, la ruta y la hora de regreso. Es que el celular suene y el corazón no dé ese golpe seco antes de contestar. Es abrir la puerta a un desconocido sin medir primero el peligro. Es hablar en voz alta en la calle, decir lo que se piensa en la sobremesa, quejarse del gobierno sin bajar la voz al final de la frase.
El miedo, cuando se instala, no se anuncia con un grito. Se mete en la costumbre. Se disfraza de precaución razonable, de "así es como son las cosas ahora", hasta que un día alguien de otra generación, de otro tiempo, cuenta que antes se dejaban las puertas abiertas en la tarde, que los niños andaban solos hasta que se hacía de noche, que nadie mandaba un mensaje de "ya llegué" porque llegar era lo normal, no la excepción que hay que reportar. Y entonces uno entiende, con una punzada rara, que ha vivido tanto tiempo dentro del miedo que dejó de saber que estaba ahí.
Por eso vivir sin miedo no es poca cosa. Es la libertad detrás de todas las libertades. Es la condición callada que hace posible todo lo demás: reír fuerte, opinar distinto, caminar despacio, confiar en el vecino, dejar que un hijo se aleje unos metros sin que el pulso se acelere. Un pueblo sin miedo no es un pueblo sin problemas —tiene los mismos que siempre, la falta de trabajo, el costo de la vida, los duelos propios de estar vivo—, pero los enfrenta con la espalda derecha, no encorvada, no mirando siempre sobre el hombro.
Ese derecho, tan simple de nombrar, es el que más cuesta recuperar una vez que se pierde. Y tal vez por eso hay que decirlo de vez en cuando, sin acusar a nadie, solo para no olvidar cómo se siente lo que merecemos: que la noche vuelva a ser solo la noche, y no un territorio que hay que cruzar con cuidado.